Esto, replicó Critilo, es lo peor: aun del agua clara ya no hay que fiar, pues con todo ese claro proceder adultera las cosas, representándolas mayores de lo que son y á veces más altas y otras las esconde en el profundo: ya ríe, ya murmura, que no hiciera más un áulico.
Déjame siquiera enjuagar, replicó Andrenio: que estoy que perezco.
No hagas tal, que el enjuagar siempre fué reclamo de beber.
¿Siquiera no podría bañarme estos ojos, limpiándome del polvo que me ciega y del sudor que me ensucia?
Ni aun eso. Créeme y remítete siempre á la experiencia, con enseñanza tuya y riesgo ajeno. Nota el efecto que hará en éstos, que ahora llegan. Míralos bien primero, antes que beban, y vuelve á reconocerlos después de haber bebido.
Llegaba en esto una gran tropa de pasajeros que, más sedientos que atentos, se lanzaron al agua. Comenzaron á bañarse lo primero y restregarse los ojos blandamente; pero ¡cosa rara é increíble! al mismo punto que les tocó el agua en ellos, se les trocaron, de modo que, siendo antes muy naturales y claros, se les volvieron de vidrio de todos colores.
Satisfecho. Á uno tan azules, que todo cuanto veía le parecía un cielo, que estaba en gloria: éste era un gran necio, que vivía muy satisfecho de sus cosas. Á otro se le volvieron cándidos, como la misma leche: todo cuanto veía le parecía bueno, sin género alguno de malicia. De nadie sospechaba mal y así todos le engañaban, todo lo abonaba y más si eran cosas de sus amigos: hombre más sencillo que un polaco.
Malicioso. Al contrario, á otro se le pusieron más amarillos que una hiel: ojos de suegra y cuñada. En todo hallaba dolo y reparo, todo lo echaba á la peor parte y, cuantos veía, juzgaba que eran malos y enfermos. Éste era uno más malicioso que juicioso.
Á otros se les volvían verdes, que todo se lo creían y esperaban conseguir: ojos ambiciosos. Los amartelados cegaban de todo punto y de ajenas legañas. Á muchos se les paraban sangrientos que parecían calabreses.
¡Cosa rara! que, aunque á algunos daba buena vista, veían bien y miraban mal: debían ser envidiosos. No sólo se les alteraban los ojos en orden á la calidad; sino á la cantidad y figura de los objetos y de suerte que á unos todas las cosas les parecían grandes y más las propias, á lo castellano; á otros todo les parecía poco, gente de malcontentar.