Había uno, que todas las cosas le parecían estar muy lejos, acullá cien leguas, y más los peligros, la misma muerte. Éste era un incauto. Al contrario, á otro le parecía, que todo lo tenía muy cerca y los mismos imposibles muy á mano. Todo lo facilitaba: pretendiente había de ser.
Confiado. Notable vista era la que les comunicaba á muchos, que todo les parecía reírseles y que todos les hacían fiestas y agasajos: condición de niños. Estaba uno muy contento, porque en todo hallaba hermosura, pareciéndole que veía ángeles: éste dijeron que era ó portugués ó nieto de Macías.
Hombre había, que en todo se veía á sí mismo: necio Antiferonte. Á otro se le equivocó la vista de modo, que veía lo que no miraba: bizco de intención y de voluntad torcida. Había ojos de amigos y ojos de enemigos muy diferentes; ojos de madre, que los escarabajos le parecían perlas, y ojos de madrastra, mirando siempre de mal ojo; ojos españoles, verdinegros, y azules los franceses.
Todos estos monstruosos efectos causó aquel venenoso licor en los que se lavaron con él; que en otros, que llegaron á tomarle en la boca y enjuagarse, ya obró más prodigiosas violencias, pues las lenguas, que antes eran de carne sólida y sustancial, las trocó en otras de bien extraordinarias materias. Lengua
de seda. Unas de fuego, que abrasaban el mundo y otras de aguachirle, muy á la clara. Muchas de viento, que parecían fuelles en llenar las cabezas de mentiras, de soplos y de lisonjas. Algunas, que habían sido de seda, las volvía de bayeta y las de terciopelo en raso. Transformaba otras en lenguas de burlas, nada sustanciales y las más de borra, que se embarazaban mucho en decir lo que convenía. Á muchas mujeres las quitó del todo las lenguas; pero no el habla, que antes hablaban más, cuanto más deslenguadas.
Modos
de hablar. Comenzó uno á hablar muy alto.
Éste, dijo Andrenio, español es.
No es sino un presuntuoso, dijo Critilo: que los que habían de hablar más quedo, hablan de ordinario más alto.
Así es, dijo uno, con una voz afeminada, que parecía francés y no era; sino un melindroso.
Salióle al encuentro otro, que parecía hablar entre boca de noche y todos creyeron era tudesco; mas él mismo dijo:
No soy sino uno de éstos que, por hablar culto, hablo á oscuras.