Ceceaba uno tanto, que hacía rechinar los dientes y todos convinieron en que era andaluz ó gitano. Otros se escuchaban y eran los que peor decían. Muy alborotado comenzó uno á inquietarlo todo y á revolver el mundo, sin saber él mismo por qué; sólo dijo que era su natural. Creyeron todos que era mallorquín; mas no era, sino un bárbaro furioso.

Hablaba uno y nadie le entendía: pasó plaza de vizcaíno; mas no lo era, sino uno que pedía. Perdió de todo punto la habla un otro, procurando darse á entender por señas y todos se reían de él.

Éste, sin duda, dijo Critilo, quiere decir la verdad y no acierta ó no se atreve.

Hablaban otros muy ronco y con voz muy baja.

Éstos, dijo, habían de ser del parlamento; pero no son sino del consejo de sí mismos.

Algunos hablaban gangoso; si bien no faltaba quien les entendía la ganga, tartamudeando los que negaban, los que ni bien decían de sí, ni bien de no. Muchos no hablaban seguido y muy pocos se mordían la lengua. Pronunciaban algunos como botijas á lo enfadado y más á lo enfadoso. Éstos entonado, aquéllos mirlado, especialmente cuando querían engañar.

Fué de modo, que ninguno quedó con su voz, ni buena ni verdadera. No había hombre, que hablase llanamente, igual, consiguiente y sin artificio; todos murmuraban, fingían, malsinaban, mentían, engañaban, chismeaban, injuriaban, blasfemaban y ofendían.

Desde aquí aseguran que á los franceses, que bebieron más que todos y les brindaron los italianos, les quedó el no hablar como escriben, ni el obrar lo que dicen: de modo, que es menester atenderles mucho á lo que pronuncian y escriben, entendiéndolo todo al revés.

Pero donde mostró su eficacia el licor pestilencial fué en aquellos que bebieron dél. Porque al mismo punto que le tragaron, ¡cosa lastimosa, pero cierta! todo el interior se les revolvió y mudó de suerte, que no les quedó aquella sustancia verdadera, que antes tenían; sino que quedaron llenos de aire, rebutidos de borra. Hombres de burla, todo mentira y embeleco.

Hombres
de ahora.
Los corazones se les volvieron de corcho, sin jugo de humanidad ni valor de personas; las entrañas se les endurecieron más que de pedernales; los sesos, de algodón, sin fondo de juicio; la sangre, agua, sin color ni calor; el pecho, de cera, no ya de acero; los nervios, de estopa, sin bríos; los pies, de plomo para lo bueno y de pluma para lo malo; las manos, de pez, que todo se les pega; las lenguas, de borra; los ojos, de papel. Y todos ellos engaño de engaños y todo vanidad.