Al desdichado Andrenio una sola gota, que tragó, que las demás se las hizo verter Critilo, le hizo tal operación, que quedó vacilando siempre en la virtud.
¿Qué te parece, le dijo Critilo? ¿Qué perennidad ésta de engaños? ¿Qué manantial de mentiras en el mundo? Mira que bueno hubieras quedado, si hubieras bebido á hartar, como hacen los más. Duque
de Osuna.
Príncipe
de Condé. ¿Piensas tú que valen poco unos ojos claros, una lengua verdadera, un hombre sustancial, un duque de Osuna, una persona que lo sea, un príncipe de Condé? Créeme y estima el serlo, que es un prodigio de fénix.
¡Ay tal suceso!, decía Andrenio. ¿Quién tal creyera de una agua tan mansa?
Ésta es la peor.
¿Cómo se llama esta fuente? preguntó á unos y á otros. Y ninguno supo responderle.
No tiene nombre, dijo el Proteo: que en no ser conocida consiste su eficacia.
Pues llámese, dijo Critilo, la fuente de los engaños, donde el que una vez bebe, después todo se lo traga y todo lo trueca.
Quisiera volver atrás Critilo; mas no pudo ni vino en ello Andrenio. Necio
con todos. Ya maleado, instando en pasar adelante el Proteo y diciendo: ¡Ea!, que más vale ser necio con todos, que cuerdo á solas.
Fuélos desviando, que no guiando, por unos prados amenos, donde se estaba dando verdes la juventud. Caminaban á la fresca de árboles frondosos, todos ellos descorazonados: gran señal de infructíferos. Divisábase ya la gran ciudad, por los humos: vulgar señal de habitación humana, en que todo se resuelve. Tenía extremada apariencia y mejor cuanto más de lejos era. Era increíble el concurso, que de todas las provincias y á todos tiempos acudían á aquel paradero de todos, levantando espesas nubes de polvo, que quitaban la vista.
Cuando llegaron á ella, hallaron que lo que parecía clara por fuera, era confusa por dentro. Ninguna calle había derecha ni despejada: modelo de laberintos y centro de minotauros. Fué á meter el pie el arrojado Andrenio y dióle un grito Critilo: