Abre los ojos primero, los interiores digo, y por que adviertas donde entras, mira.

Bajóse á tierra y, escarbando en ella, descubrió lazos y más lazos, de mil maneras, hasta de hilos de oro y de rubios cabellos. De suerte que todo el suelo estaba sembrado de trampas encubiertas.

Nota, le dijo, dónde y cómo entras, considera á cada paso que dieres dónde pones el pie y procura asentarlo. No te apartes un punto de mi lado, si no quieres perderte. Regla de vivir. Nada creas de cuanto te dijeren, nada concedas de cuanto te pidieren, nada hagas de cuanto te mandaren. Y en fe de esta lección, echemos por esta calle, que es la del callar y ver para vivir.

Eran todas las casas de oficiales; no se veía un labrador: gente que no sabe sentir. Vieron cruzar de una parte á otra muchos cuervos domésticos y muy hallados con sus amos. Extrañólo Andrenio y aun lo tuvo por mal agüero; mas díjole el Proteo:

No te espantes, que destas malas aves dijo una muy aguda necedad Pitágoras, prosiguiendo aquél su opinado disparate, de que Dios castigaba los malos en muerte, trasladando sus almas á los cuerpos de aquellos brutos, á quienes habían simbolizado en vida. Las de los crueles metía á tigres, las de los soberbios á leones, las de los deshonestos á jabalíes y así de todos. Oficiales. Dijo, pues, que las almas de los oficiales, especialmente aquellos que nos dejan en cueros, cuando nos visten, las daba á cuervos. Y, como siempre habían mentido, diciendo ¡mañana, señor, estará acabado, para mañana sin falta! ahora, prosiguiendo su misma canción, van repitiendo por castigo y por costumbre aquel su ¡cras, cras!, que nunca llega.

En lo más interior ya de la ciudad vieron muchos y grandes palacios, muy ostentosos y magníficos.

Aquel primero, les dijeron antes de preguntarlo, es de Salomón. Allí está embelesado entre más de trescientas mujeres, equivocándose entre el cielo y el infierno.

En aquella, que parece fortaleza y no es sino una casa bien flaca, mora Hércules, hilando con Onfale la camisa ó mortaja de su fama.

Acullá Sardanápalo, vestido de mujer y revestido de su flaqueza. Más hacia acá Marco Antonio, el desdichado, por más que le diga la buenaventura una gitana.

En aquel arruinado alcázar no vive, sino que acaba, el godo Rodrigo, desde cuyo tiempo quedaron fatales los condes para España. Aquella otra, la mitad de oro y la mitad de lodo amasado con sangre humana, es la casa áurea de Nerón, el extremado, comenzando por una prodigiosa clemencia y acabando en una portentosa crueldad. Acullá hace ruido el más cruel de los Pedros, que no sólo los dientes, pero todos los huesos está crujiendo de rabia.