Aquellos otros palacios se están fabricando ahora á toda priesa. No se sabe aún para quién son; aunque muchos se lo sospechan. Lo cierto es que se edifican para quien no edifica y estas obras son para los que no las hacen.

Este lado del mundo embarazan los engañados, les dijo uno vestido de verde; aquel otro lo ocupan los engañadores. Aquéllos se ríen de éstos y éstos de aquéllos, que al cabo del año ninguno queda deudor.

Engañados
engañadores.
Mostró grandes ganas Andrenio de pasar de la otra banda y verlo todo, no estando siempre entre los engañados; pero no topaban otro, que tiendas de mercaderes y muy á oscuras. Unas vendían borra y más borra, para hacer parecer, para suplir faltas, aun de las mismas personas. Otras, cartones para hacer figuras.

Había una llena de pieles de raposa y aseguraban eran más estimadas, que las martas cebellinas. Creyéronlo, cuando vieron entrar y salir en ella hombres famosos, como Temístocles y otros más modernos. Vestíanse muchos de ellas, á falta de pieles de león, que no se hallaban; pero los sagaces servíanse de ellas por aforro de los mismos armiños.

Vieron en una tienda gran cantidad de anteojos para no ver ó para que no viesen. Compraban muchos los señores, para los que los llevan acuestas, con que los tienen quietos y enfrenados. Las casadas los compraban, para que no se viesen sus antojos y hacer creer á los maridos se les antojan las cosas. También había para engrandecer y para multiplicar, de modo que había de viejos y de mozos, de hombres y de mujeres y éstos eran los más caros.

Toparon una tienda llena de corchos, para hacer personas y realmente, aunque se empinaban con ellos y parecían más de lo que eran, pero todo era poca sustancia. Lo que le contentó mucho á Andrenio fué una guantería:

¡Qué gran invención, dijo, ésta de los guantes! Para todo tiempo, contra el calor y contra el frío, defienden del sol y del aire; aunque no sea sino para dar qué hacer á algunos, que en todo el día no hacen otro, que calzárselos y descalzárselos.

Cazar
con guantes.
Sobre todo, dijo Critilo, para que á poca costa echen buen olor las personas; que de otra suerte cuesta mucho y tal vez un ojo de la cara.

¡Qué bien lo entendéis!, replicó el guantero. Si dijerais que sirven ya para envainar las uñas, que no les puedan mirar á las manos, eso sí. Ni falta quien se los calza para cazar.

¿Cómo puede ser eso, dijo Critilo, si el mismo refrán lo contradice?