No hagáis caso de eso, señor mío, que ya hasta los refranes mienten ó los desmienten. Lo que yo sé decir es que más monta ahora lo que se da para guantes, que en otro tiempo para un vestido.

Dadme acá uno solo, dijo Critilo, que yo quiero asentarlo.

Después de haber pasado las calles de la Hipocresía, de la Ostentación y Artificio, llegaron ya á la plaza Mayor, que era la de palacio, porque estuviesen en su centro.

Era espacioso y nada proporcionado ni estaba á escuadra; todo ángulos y traveses, sin perspectiva ni igualdad. Todas sus puertas eran falsas y ninguna patente. Muchas torres, más que en Babilonia y muy airosas. Las ventanas verdes, color alegre, por lo que promete, y el que más engaña.

Aquí vivía ó aquí yacía aquel tan grande como escondido monarca, que muy entretenido asistía estos días á unas fiestas, dedicadas á engañar el pueblo, no dejándole lugar para discurrir en cosas mayores.

Estaba el príncipe viéndolas bajo celosía, ceremonia inviolable y más este día, que hubo unos juegos de mano, obra de gran sutileza, muy de su gusto y genio: toda tropelía.

Estaba la plaza hecha un gran corral del vulgo, enjambre de moscas en el zumbido y en sentarse en la basura de las costumbres, engordando con lo podrido y hediondo de las morales llagas.

Á tan mecánico aplauso, subió en puesto superior, más descarado que autorizado, cuales suelen ser todos los que sobresalen en las plazas, un elocuentísimo embustero, que después de una bien paloteada arenga, comenzó á hacer notables prestigios, maravillosas sutilezas, teniendo toda aquella innumerable vulgaridad embobada.

Entre otras burlas bien notables, les hacía abrir las bocas y aseguraba les metía en ellas cosas muy dulces y confitadas. Y ellos se lo tragaban. Pero luego les hacía echar cosas asquerosísimas, inmundicias horribles, con gran desaire de ellos y risa de todos los circunstantes. El mismo charlatán daba á entender que comía algodón muy blanco y fino; mas luego, abriendo la boca, lanzaba por ella espeso humo, fuego y más fuego, que aterraba. Tragaba otras veces papel y luego iba sacando muchas cintas de seda, listones de resplandor: y todo era embeleco, como se usa.

Gustó mucho á Andrenio y comenzó á solemnizarlo.