Basta, dijo Critilo; que tú también te pagas de las burlas, no distinguiendo lo falso de lo verdadero.
¿Quién piensas tú que es este valiente embustero? Éste es un falso político, llamado el Maquiavelo, que quiere dar á beber sus falsos aforismos á los ignorantes. Maquiavelistas. ¿No ves cómo ellos se los tragan, pareciéndoles muy plausibles y verdaderos? Y bien examinados, no son otro que una confitada inmundicia de vicios y de pecados. Razones, no de estado, sino de establo. Parece que tiene candidez en sus labios, pureza en su lengua y arroja fuego infernal, que abrasa las costumbres y quema las repúblicas. Aquéllas, que parecen cintas de seda, son las políticas leyes, con que ata las manos á la virtud y las suelta al vicio. Éste es el papel del libro que publica y el que masca: todo falsedad y apariencia, con que tiene embelesados á tantos y tontos. Créeme que aquí todo es engaño; mejor sería desenredarnos presto de él.
Mas Andrenio apelóse al entretenimiento del otro día, que lo publicaron de mucho deporte.
No bien amaneció, que allí aun el día nunca es claro, cuando se vió ocupada toda la plaza de un gran concurso de gente, con que no faltó quien dijo estaba de bote en bote vacía. La fiesta era una farsa con muchas tramoyas y apariencias: célebre espectáculo en medio de aquel gran teatro de todo el mundo. No faltó Andrenio de los primeros para su gusto ni Critilo para su provecho. En vez de la música, ensaladilla del gusto, se oyeron pucheros y, en lugar de los acordes instrumentos y voces regaladas, se oyeron lloros y, al cabo de ellos, si se acaban, salió un hombrecillo, digo que comenzaba á ser hombre. Conocióse luego ser extranjero en lo desarrapado.
Apenas se enjugó las lágrimas, cuando se adelantó á recibirle un grande cortesano, haciéndose muy amigo, dándole la bienvenida. Ofrecióle largamente cuanto pudiera el otro desear en tierra ajena y él no cumplir en la propia, con tal sobra de palabras, que el extranjero se prometió las obras. Convidóle lo primero á su casa, que se veía allí á un lado, tan llena de tramoyas, cuan vacía de realidades. Comenzó á franquearle riquezas en galas, que era de lo que él más necesitaba, por venir desnudo; pero con tal artificio, que lo que con una mano le daba, con la otra se lo quitaba, con increíble presteza. Calábase un sombrero, coronado de diamantes, y prontamente arrojaban un anzuelo, sin saber cómo ni por dónde y pescábanselo con sobrada cortesía. Lo mismo hicieron de la capa, dejándole gentilhombre. Poníale delante una riquísima joya; mas luego con gran destreza se la barajaba, suponiéndole otra falsa, que era tirarle piedras. Estrenábale una gala muy costosa y, en un cerrar y abrir de ojos, se convertía en una triste mortaja, dejándole en blanco.
Y todo esto con grande risa y entretenimiento de los presentes: que todos gustan de ver el ajeno engaño, faltándoles el conocimiento para el propio. Ni advertían que, mientras estaban embelesados, mirando lo que al otro le pasaba, les saqueaban á ellos las faltriqueras y tal vez las mismas capas. De suerte que al cabo, el mirado y los que miraban, todos quedaban iguales, pues quedaban todos desnudos en la calle y aun en la misma tierra.
Salió en esto otro agasajador y, aunque más humano, hechura del primero. Parecía del buen gusto y así le dijo tratase de emplearlo. Mandó parar la mesa á quien nunca para. Sacaron muchos platos; aunque los más comen sin plato. Arrastraron sillas y al punto que el convidado fué á sentarse en una, que no debiera tomarlo tan de asiento, falseóle á lo mejor y, al caer él, se levantó la risa en todo el teatro. Acudió compasiva una mujer y por lo joven muy robusta y, ayudándole á levantar, le dijo se afirmase en su rollizo brazo. Con esto pudo proseguir, si no hallara falsificada la vianda.
Porque al descoronar la empanada, hallaba sólo el eco y del pernil el nihil. Las aves sólo tenían el nombre de perdigones, todo crudo y sin sustancia. Al caer se quebró el salero, con que faltó la sazón y el agüero no. El pan, que parecía de flor, era con piedras, que aún no tenía salvados. Vida tragedia. Las frutas de Sodoma, sin fruto. Sirviéronle la copa de todas maneras penada, y tanto, que más fué papar viento que beber vino, que fué. En vez de música, era la vaya que le daban.
Á lo mejor del banquete, cansóse ó quiso cansarse el falso arrimo; al fin, por lo femenil, flaco y falso. Dejóle caer y contó al revés todas las gradas, hasta llegar á tierra y llenarse de lodo. Ninguno de cuantos asistían se comidió á ayudarle. Miró él á todas partes, por si alguno se compadecía y vió cerca un viejo cano. Rogóle que, pues no era hombre de burlas, como lo prometía su madurez, quisiese darle la mano. Respondióle que sí y aun le llevaría en hombros. Ejecutólo oficioso; mas él se hacía cojo, cuando no volaba, y no menos falso que los demás.
Á pocos pasos tropezó en su misma muleta, con que cayó en una encubierta trampa de flores y verduras, gran parte de la fiesta. Aquí lo dejó caer, cogiéndole de vuelo la ropa, que le había quedado; allí se hundió, donde nunca más fué visto ni oído, pereciendo su memoria con sonido, pues se levantó la grita de todo aquel mecánico teatro. Hasta Andrenio dando palmadas solemnizaba la burla de los unos y la necedad del otro.