Volvióse hacia Critilo y hallóle, que no sólo no reía, como los demás; pero estaba sollozando.

¿Qué tienes?, le dijo Andrenio. ¿Es posible que siempre has de ir al revés de los demás? ¿Cuando los otros ríen, tú lloras y cuando todos se huelgan, tú suspiras?

Así es, dijo él. Para mí ésta no ha sido fiesta, sino duelo; tormento, que no deporte. Y si tú llegases á entender lo que es esto, yo aseguro me acompañarías en el llanto.

¿Pues qué es esto, replicó Andrenio, sino un necio, que siendo extranjero, se fía de todos y todos le engañan, dándole el pago que merece su indiscreta facilidad?

De eso, yo más quiero reir con Demócrito, que llorar con Heráclito.

Y díme, le replicó Critilo, ¿y si fueses tú ese de quien te ríes? ¿Qué dirías?

¿Yo? ¿De qué suerte? ¿Cómo puedo ser él, si estoy aquí vivo y sano y no tan necio?

Ése es el mayor engaño, ponderó Critilo. Sabe, pues, que aquel desdichado extranjero es el hombre de todos y todos somos él. Entra en este teatro de tragedias llorando. Comiénzanle á cantar y encantar con falsedades. Desnudo llega y desnudo sale, que nada saca, después de haber servido á tan ruines amos.

Recíbele aquel primer embustero, que es el mundo. Ofrécele mucho y nada cumple. Dale lo que á otros quita, para volvérselo á tomar, con tal presteza, que lo que con una mano le presenta, con la otra se lo ausenta y todo para en nada. Aquel otro, que le convida á holgarse, es el gusto, tan falso en sus deleites, cuan cierto en sus pesares. Su comida es sin sustancia y su bebida venenos. Á lo mejor falta el fundamento de la verdad y da con todo en tierra. Llega la salud, que, cuando más se asegura, más le miente. Aquéllos, que le dan priesa, son los males. Las penas le dan vaya y gritan los dolores: vil canalla toda de la fortuna.

Finalmente, aquel viejo, peor que todos, de malicia envejecida, es el tiempo, que le da el traspié y le arroja en la sepultura, donde le deja muerto, solo, desnudo y olvidado.