De suerte que, si bien se nota, todo cuanto hay, se burla del miserable hombre: el mundo le engaña, la vida le miente, la fortuna le burla, la salud le falta, la edad se pasa, el mal le da priesa, el bien se le ausenta, los años huyen, los contentos no llegan, el tiempo vuela, la vida se acaba, la muerte le coge, la sepultura le traga, la tierra le cubre, la pudrición le deshace, el olvido le aniquila y el que ayer fué hombre hoy es polvo y mañana nada.

Pero ¿hasta cuándo, perdidos, habemos de estar perdiendo el precioso tiempo? Volvamos ya á nuestro camino derecho; que aquí, según veo, no hay que aguardar sino un engaño tras otro engaño.

Mas Andrenio, hechizado de la vanidad, había hallado gran cabida en palacio. Entraba y salía en él, idolatrando en la fantástica grandeza de un rey, sin nada de realidad. Estaba más embelesado, cuando más embelecado. Vendíanle los favores, hasta la memoria, con que llegó á prometerse una fortuna extraordinaria. Hacía vivas instancias por verle y besarle los pies, que aun no tenía. Ofreciéronle que sí una tarde, que sin llegar siempre lo fué.

Volvió Critilo á proponer las conveniencias de su ida, ya persuadiendo y ya rogando. Túvole finalmente, si no convencido, enfadado, de tanto ¡sin falta! con tantos. Llegaron ya á la puerta de la ciudad, con resolución de dejarla; ¡mas oh desdicha continuada! hallaron guardas en ella, que á nadie dejaban salir y á todos entrar. Con esto hubieron de volver atrás, Critilo apesarado de su poca suerte y Andrenio arrepentido de arrepentido. Volvió de nuevo á su necedad en pretensiones. Iba y venía á palacio. Y aunque para cada día había su excusa, nunca el cumplimiento ni el desengaño. No cesaba Critilo de pensar en su remedio; pero el extraordinario modo como lo consiguió, diremos adelante, entretanto se da noticia de las maravillas de la celebrada Artemia.


CRISI VIII

Las maravillas de Artemia.

Buen ánimo contra la inconstante fortuna, buena naturaleza contra la rigurosa ley, buen arte contra la imperfecta naturaleza y buen entendimiento para todo. Es el arte complemento de la naturaleza y un otro segundo ser, que por extremo la hermosea y aun pretende excederla en sus obras. Préciase de haber añadido un otro mundo artificial al primero. Suple de ordinario los descuidos de la naturaleza, perfeccionándola en todo; que sin este socorro del artificio, quedara inculta y grosera.

Éste fué sin duda el empleo del hombre en el paraíso, cuando le revistió el Criador la presidencia de todo el mundo y la asistencia en aquél, para que lo cultivase: esto es, que con el arte lo aliñase y puliese. De suerte que es el artificio gala de lo natural, realce de su llaneza. Obra siempre milagros. Y si de un páramo puede hacer un paraíso ¿qué no obrará en el ánimo, cuando las buenas artes emprenden su cultura? Pruébelo la romana juventud y más de cerca nuestro Andrenio, aunque por ahora tan ofuscado en aquella corte de confusiones cuya libertad solicitaron los desvelos de Critilo con la felicidad que veremos.

Érase una gran reina, muy celebrada por sus prodigiosos hechos, confinante con este primer rey y por el consiguiente tan contraria suya, que de ordinario traían guerra declarada y muy sangrienta. Llamábase aquélla, que no niega su nombre ni sus hechos, la sabia y discreta Artemia, muy nombrada en todos siglos, por sus muchas y raras maravillas. Si bien se hablaba de ella con gran variedad. Duque
del Infantado.
Porque, aunque los entendidos sentían y entre ellos el primero el tan valeroso, como discreto duque del Infantado, de sus acciones, como quien ellos son y ella merece; pero lo común era decir ser una valiente maga, una grande hechicera; aunque más admirable que espantosa.