Eso es gran cosa, dijeron todos.

Campeaba ya su artificioso palacio, muy superior á todo. Y con estar en puesto tan eminente, hacía subir las aguas de los ríos á dar la obediencia á su poderosa maña, con un raro artificio, ejemplar de aquel otro del famoso artífice, que al mismo Tajo dió un corte de aguas cristalinas. Estaba todo él coronado de flores en jardines, prodigios también fragantes, porque las espinas eran rosas y las maravillas de todo el año. Hasta los olmos daban peras y uvas los espinos; de los más secos corchos sacaba jugo y aun néctar; y los peros, en Aragón tan indigestos, aquí se nacían confitados. Oíanse en los estanques cantar los cisnes en todo tiempo. Hízosele muy de nuevo á Critilo, porque en otras partes de tal suerte enmudecen, que aun en la hora de la muerte, aunque comúnmente se dice que cantan, ninguno se halla que los haya oído.

Desengañados. Es, le dijeron, que, como son tan cándidos, si cantan, ha de ser la verdad y, como ésa es tan mal oída, han dado en el arbitrio de enmudecer. Sólo en aquel trance, apretados de la conciencia ó porque ya no tienen más que perder, cantan alguna verdad. Y de aquí se dijo que tal predicador ó tal ministro hablaron claro: el secretario Fulano desembuchó muchas verdades, el otro consejero descubrió su pecho, estando todos para morir.

Á la puerta estaba un león, que se había convertido en una mansísima oveja y un tigre en un cordero. Por los balcones había muchas parleras, digo aves, en conversación, manteniendo la tela los papagayos; aunque los tordos se picaban de su nombre. Los gatos y los alanos de su casa ya no arañaban apretados ni mordían rabiosos; sino que, reconociendo leales su gran dueño, besaban sus generosas plantas. Estábanlos aguardando á la puerta muchas y bienaliñadas doncellas; aunque mecánicas y de escalera abajo. Otras más nobles y liberales le subieron arriba y le ensalzaron á la oficina, en que la discretísima Artemia, asistida de los varones eminentes, Don Vicencio
de Lastanosa.
señalándole á cada uno su puesto el grande apreciador de las eminencias, don Vicencio de Lastanosa, estaba actualmente ocupada en hacer personas de unos leños.

Tenía un rostro muy compuesto, ojos penetrantes. Su hablar, aunque muy medido, muy gustoso. Sobre todo tenía extremadas manos, que daban vida á todo aquello en que las ponía. Todas sus facciones muy delicadas, su talle muy airoso y bienproporcionado y, en una palabra, toda ella de muy buen arte.

Recibió con agradable bizarría á Critilo, celebrándole por muy de su genio, sacándolo por la pinta. Y añadió que con razón se llamó el rostro faz, porque él mismo está diciendo lo que hace y facies en latín, lo que facies. Llegó Critilo á saludarla, logrando favores tan agradables. Extrañó ella que un varón discreto viniese, no ya solo, mas sí tanto.

Que la conversación, decía, es de entendidos y ha de tener mucho de gracia y de las gracias, ni más ni menos de tres.

Aquí destilando el corazón en lágrimas Critilo: Otros tantos, respondió, solemos ser un otro camarada, que dejo por dejado, y siempre se nos junta otro tercero de la región donde llegamos, que tal vez nos guía y tal nos pierde, como ahora, que por eso vengo á ti, ¡oh gran remediadora de desdichas!, solicitando tu favor y tu poder, para rescatar este otro yo, que queda malcautivo, sin saber de quién ni cómo.

Pues, si no sabes dónde le dejas ¿cómo le hemos de hallar?

Aquí entran tus prodigios, replicó él. Mas de que ahí queda en la corte juráralo yo, que ahí había de ser su perdición, de un rey famoso sin ser nombrado, poderoso por lo universal y singular por lo desconocido.