Tate, dijo ella. Ya estás entendido, que fué favor sustancial. Él queda sin duda en la Babilonia, que no corte, de mi grande enemigo Falimundo, porque ahí perece el mundo entero y todos acaban, porque no acaban. Pero mejor ánimo en la peor fortuna: que no nos ha de faltar ardid contra el engaño.
Mandó llamar uno de sus mayores ministros, gran confidente suyo, que acudió tan pronto, como voluntario. Parecía hombre de propósito y aun ilustre por lo claro y verdadero. Á éste le confió la empresa, informándole muy bien Critilo de lo pasado y Artemia de lo hacedero. Entrególe juntamente un espejo de purísimo cristal, obra grande de uno de los siete griegos, explicándole su manejo y eficacia.
Y él empeñó su industria.
Vistióse al uso de aquel país, con la misma librea, que los criados de Falimundo, que era de muchos dobleces, pliegues, forros y contraforros, senos, bolsillos, sobrepuestos, alforzas y capa para todas las cosas. Desta suerte se partió pronto á cumplir el preciso mandato.
Quedó Critilo tan hallado como favorecido en la corte de Artemia, muy entretenido y aun aprovechado, viéndola cada día obrar mayores prodigios. Porque la vió convertir un villano zafio en un cortesano galante, cosa que parecía imposible. Cortesanos. De un montañés hizo un gentilhombre, que fué también gran primor del arte. Y no menor hacer de un vizcaíno un elocuente secretario. Convertía las capas de bayeta raídas en terciopelos y aun en felpas, un manteo deslucido de un pobre estudiante en una púrpura eminente y una gorra en una mitra. Los que servían en una parte hacía mandasen en otra y tal vez el mundo todo. Pues de un zagal, que guardaba una piara, hizo un pastor universal, obrando con más poder á mayor distancia. Porque se le vió levantar un mozo de espuelas á Betlengabor y de un lacayo un señor de la Tenza.
Y de tiempos pasados contaban mayores cosas, pues la vieron transformar las aguijadas en cetros y hacer un César de un escribano. Mejoraba los rostros mismos, de modo que de la noche á la mañana se desconocían, mudando los pareceres de malos en buenos y éstos en mejores. De hombres muy livianos hacía hombres graves y de otros muy flacos, hombres de mucha sustancia. Y era de modo que todos los defectos del cuerpo suplía: hacía espaldas, era pies y manos para unos y daba ojos á otros, dientes y cabellos. Y lo que es más, remendaba corazones, haciéndolos de las mismas tripas, que todos eran milagros de su artificio.
Pero lo que más admiró á Critilo fué verla coger entre las manos un palo, un tronco é irle desbastando, hasta hacer dél un hombre que hablaba, de modo, que se le podía escuchar. Discurría y valía al fin lo que bastaba para ser persona.
Pero dejémosle tan bienentretenido y sigamos un rato al prudente anciano, que camina en busca de Andrenio á la corte del famoso rey Falimundo.
Duraban aún los juegos bacanales. Andaban las máscaras más validas, que en la misma Barcelona. No hubo hombre ni mujer, que no saliese con la suya y todas eran ajenas. Había de todos modos, no sólo de diablura, pero de santidad y de virtud, con que engañaban á muchos simples, que los sabios claramente les decían se las quitasen.
Y es cosa notable, que todos tomaban las ajenas y aun contrarias. Hombres
fingidos. Porque la vulpeja salía con máscara de cordero, la serpiente de paloma, el usurero de limosnero, la ramera de rezadora y siempre en romerías. El adúltero de amigo del marido, la tercera de saludadora, el lobo del que ayuna, el león de cordero, el gato con barba á lo romano, con hechos de tal. El asno de león, mientras calla; el perro rabioso de risa, por tener falda, y todos de burla y engaño.