Comenzó el viejo á buscar á Andrenio por aquellas encrucijadas, que no calles. Y, aunque llevaba las señas tan individuales, él estaba ya tan trocado, que no le conociera el mismo Critilo, porque ya los ojos no los tenía ni claros ni abiertos, como antes; sino muy oscuros y casi ciegos. Que los ministros de Falimundo ponen toda su mira en quitarla. Ya no hablaba con su voz, sino con la ajena; no oía bien y todo iba á malandar. Que, si los hombres son otros de la noche á la mañana ¿qué sería en aquel centro de la mentira? Con todo, valiéndose de su industria y por otras señales más seguras de la ocasión y del tiempo, vino á tener lengua dél.

Hallóle un día, perdiendo muchos en mirar cómo otros perdían sus haciendas y aun las conciencias. Había un gran partido de pelota, propio entretenimiento del mundo, y así se jugaba en su gran calle á dos bandas muy contrarias. Porque los jugadores unos eran blancos y otros negros, unos altos y otros bajos, éstos pobres, aquéllos ricos y todos diestros, como quien no hace otro eternamente. Las pelotas eran de viento, tan grandes como cabezas de hombres, que un pelotero llenaba de viento, por ojos y por oídos, dejándolas tan huecas, como hinchadas. Cogíalas el que las sacaba á la plaza y, diciendo que jugaba con toda verdad, pues todo es burla y todo es juego, daba con la pelota por aquellos aires, con más presteza, cuanto más impulso. Rebatíala el otro, sin dejarla reposar un instante. Todos la sacudían de sí con notable destreza, que en eso consistía su ganancia. Ya estaba tan alta, que se perdía de vista; ya tan baja, que iba rodando por aquellos suelos entre el lodo y la basura. Uno le daba por el pie y otro de la mano; pero los más con unas que parecían lenguas y eran palas. Ya andaba entre los de arriba, ya entre los de abajo, pareciendo grandes altibajos.

Gritaba uno que ganaba quince y era así, que á los quince años suele ser la ganancia del vicio y la pérdida de la virtud. Otro decía treinta y tenía por ganado el juego, cuando á tanta edad no se sabe. De este modo la fueron peloteando, hasta que cayó en tierra reventada, donde la pisaron, que en esto había de parar: y tan á su costa ganaron unos y se entretenían todos.

Éstas, dijo Andrenio, volviéndose hacia quien le buscaba, parecen cabezas de hombres.

Y lo son, respondió el viejo, y una de ellas es la tuya. De hombres digo descabezados, más llenas de viento, que de entendimiento, y otras de borra, de enredos y mentiras. Rebútelas el mundo de su vanidad, cógenlas aquellos de arriba, que son los contentos y felicidades y arrójanla á los de abajo, que son sus contrarios los pesares y calamidades, con todo género de mal. Ya está el hombre miserable entre unos, ya entre otros, ya abatido, ya ensalzado. La vida, juego. Todos le sacuden y le arrojan, hasta que, reventado, viene á parar entre la azada y la pala, en el lodo y la hediondez de un sepulcro.

¿Quién eres tú, que tanto ves? ¿Quién eres tú, que estás tan ciego?

Fuésele poco á poco introduciendo, ganóle la voluntad para ganarle el entendimiento. Fuéle descubriendo Andrenio sus esperanzas y las grandes promesas de valer. Vista la sazón, díjole el viejo:

Ten por cierto que por este camino jamás llegarás á ver este rey, cuanto menos hablarle. Dependes de su querer y él nunca querrá, que le va el ser en no ser conocido. El medio, que sus ministros toman para que no le veas, es cegarte: mira tú cuán poco miras. Hagamos una cosa. ¿Qué me darás y yo te lo mostraré esta misma tarde?

¿Burlas de mí?, le dijo Andrenio.

No, porque siempre estoy de veras. No quiero otra cosa de ti, sino que le mires bien, cuando te lo mostrare.