¿Qué tienes? ¿Qué ves?, le preguntó el anciano.

¿Qué he de ver? Lo que no quisiera ni creyera. Veo un monstruo, el más horrible que vi en mi vida, porque no tiene pies ni cabeza. ¡Qué cosa tan desproporcionada! No corresponde parte á parte ni dice uno con otro en todo él. ¡Qué fieras manos tiene! Y cada una de su fiera, ni bien carne ni pescado y todo lo parece. ¡Qué boca tan de lobo, donde jamás se vió verdad! Es niñería la quimera en su cotejo. ¡Qué agregado de monstruosidades! ¡Quita, quítamele de delante, que moriré de espanto!

Pero el prudente compañero le decía:

Cúmpleme la palabra. Nota aquel rostro, que á la primera vista parece verdadero y no es de hombre, sino de vulpeja. De medio arriba es serpiente. Tan torcido tiene el cuerpo y sus entrañas tan revueltas, que basta á revolverlas. El espinazo tiene de camello y hasta en la nariz tiene corcova. El remate es de sirena y aun peor: tales son sus dejos. No puede ir derecho. ¿No ves cómo tuerce el cuello? Anda acorvado y no de bieninclinado. Las manos tiene gafas, los pies tuertos, la vista atravesada. Y á todo esto habla en falsete, para no hablar ni proceder bien en cosa alguna.

¡Basta!, dijo Andrenio, que reviento.

Y basta que á ti te sucede lo que á todos los otros, dijo el viejo, que en viéndole una vez, tienen harto; nunca más le pueden ver. Eso es lo que yo deseaba.

Engaño. ¿Quién es este monstruo coronado?, preguntó Andrenio. ¿Quién este espantoso rey?

Éste es, dijo el anciano, aquel tan nombrado y tan desconocido de todos, aquel cuyo es todo el mundo por sola una cosa que le falta. Éste es aquel que todos platican y le tratan y ninguno le querría en su casa, sino en la ajena. Éste es aquel gran cazador, con una red tan universal, que enreda todo el mundo. Éste es el señor de la mitad del año primero y de la otra mitad después. Éste el poderoso entre los necios, juez á quien tantos apelan, condenándose. Éste aquel príncipe universal de todos, no sólo de hombres, pero de las aves, de los peces y de las fieras. Éste es, finalmente, el tan famoso, el tan sonado, el tan común Engaño.

No hay más que aguardar, dijo Andrenio. Vámonos de aquí, que ya estoy más lejos dél, cuanto más cerca.

Aguarda, dijo el viejo, que quiero que conozcas toda su parentela.