El mayor
prodigio. Eso era lo que yo deseaba oirte, aplaudió Artemia, y así lo ponderó el augustísimo de los ingenios, cuando dijo que entre todas las maravillas criadas para el hombre el mismo hombre fué la mayor de todas. Así también lo generaliza el príncipe de los filósofos en su tan asentada máxima, que siempre es más aquello, por quien otro es tal. De modo que, si para el hombre fueron criadas tan preciosas las piedras, tan hermosas las flores y tan brillantes las estrellas, mucho más lo es el mismo hombre, para quien fueron destinadas.
Él es la criatura más noble de cuantas vemos, monarca en este gran palacio del mundo, con posesión de la tierra y con expectativa del cielo, criado de Dios, por Dios y para Dios.
Á los principios, prosiguió Andrenio, rudamente me reconocía; pero, cuando pude verme á toda luz y por extraña suerte acabé de contemplarme en los reflejos de una fuente, cuando advertí era yo mismo el que creí otro, no podré explicarte la admiración y gusto que allí tuve: remirábame, no tanto necio, cuanto contemplativo. Lo primero que observé fué esta disposición de todo el cuerpo, tan derecha, sin que tuerza á un lado ni á otro.
Fué el hombre, dijo Artemia, criado para el cielo y así crece hacia allá y en esa material rectitud del cuerpo está simbolizada la del ánimo con tal correspondencia, que al que le faltó por desgracia la primera, sucede con mayor faltarle la segunda.
Es así, dijo Critilo: dondequiera que hallamos corvada la disposición, recelamos también torcida la intención.
Corcovados. En descubriendo ensenadas en el cuerpo, tememos haya dobleces en el ánimo. El otro, á quien se le anubló alguno de los ojos, también suele cegarse de pasión. Y lo que es digno de más reparo, Tuertos. que no los tenemos lástima como á los ciegos; sino recelo de que no miran derecho. Los cojos suelen tropezar en el camino de la virtud y aun echarse á rodar, cojeando la voluntad en los afectos. Faltan los mancos en la perfección de las obras, en hacer bien á los demás. Pero la razón en los varones sabios corrige todos estos pronósticos siniestros.
La cabeza, dijo Andrenio, llamo yo, no sé si me engaño, alcázar del alma, corte de sus potencias.
Tienes razón, confirmó Artemia, que así como Dios, aunque asiste en todas partes, pero con especialidad en el cielo, donde se permite su grandeza, Cabeza cielo. así el alma se ostenta en este puesto superior, retrato de los celestes orbes. Quien quisiere verla, búsquela en los ojos; quien oirla, en la boca; y quien hablarla, en los oídos. Está la cabeza en el más eminente lugar, ya por autoridad, ya por oficio, por que mejor perciba y mande.
Y aquí he notado yo con especial atención, dijo Critilo, que, aunque las partes de esta gran república del cuerpo son tantas, que solos los huesos llenan los días del año y esta numerosidad con tal armonía, que no hay número que no se emplee en ellas, como digamos cinco son los sentidos, cuatro los humores, tres las potencias, dos los ojos; todas vienen á reducirse á la unidad de una cabeza, retrato de aquel primer móvil divino, á quien viene á reducirse por sus gradas toda esta universal dependencia.
Ocupa el entendimiento, dijo Artemia, el más puro y sublime retrete, que aun en lo material fué aventajado, como mayorazgo de las potencias, rey y señor de las acciones de la vida, que allí se remonta, alcanza, penetra, sutiliza, discurre, atiende y entiende. Estableció su trono en una ilesa candidez, librea propria del alma, estrañando toda oscuridad en el concepto y toda mancha en el afecto, masa suave y flexible, apoyando dotes de docilidad, moderación y prudencia. La memoria atiende á lo pasado y así se hizo tan atrás, cuanto el entendimiento adelante. No pierde de vista lo que fué y, porque echamos comúnmente atrás lo que más nos importa, previno este descuido, haciendo Jano á todo cuerdo.