Los cabellos me parecieron más para el ornato, que para la necesidad, ponderó Andrenio.
Son raíces deste humano árbol, dijo Artemia: arráiganle en el cielo y llévanle allá de un cabello. Allí han de estar sus cuidados y de allá ha de recibir el sustancial sustento. Son librea de las edades, por lo que tienen de adorno, variando con los colores los afectos. Es la frente cielo del ánimo, ya encapotado, ya sereno, plaza de los sentimientos. Allí salen á la vergüenza los delitos, sobran las faltas y placéanse las pasiones. En lo estirado la ira, en lo caído la tristeza, en lo pálido el temor, en lo rojo la vergüenza, la doblez en las arrugas y la candidez en lo terso, la desvergüenza en lo liso y la capacidad en lo espacioso.
Ojos,
miembros
divinos. Pero los que á mí, dijo Andrenio, más me llenaron en esta artificiosa fábrica del hombre, fueron los ojos.
¿Sabes, dijo Critilo, cómo los llamó aquel grande restaurador de la salud, entretenedor de la vida, indagador de la naturaleza, Galeno?
¿Cómo?
Miembros divinos. Que fué bien dicho. Porque, si bien se nota, ellos se revisten de una majestuosa divinidad, que infunde veneración. Obran con una cierta universalidad, que parece omnipotencia, produciendo en el alma todas cuantas cosas hay en imágenes y especies. Asisten en todas partes remedando inmensidad, señoreando en un instante todo el hemisferio.
Con todo, reparé yo mucho en una cosa, dijo Andrenio, y es que, aunque todo lo ven, no se ven á sí mismos ni aun las vigas que suelen estar en ellos: condición propia de necios, ver todo lo que pasa en las casas ajenas, ciegos para las proprias. Y no fuera poca conveniencia que el hombre se mirara á sí mismo, ya para que se temiera y moderara sus pasiones, ya para que reparara sus fealdades.
Gran cosa fuera, dijo Artemia, que el colérico viera su horrible ceño y se espantara de sí mismo, que un melindroso y un adamado vieran sus afeminados gestillos y se corriera el altivo con todos los demás necios. Pero atendió la cauta naturaleza á evitar mayores inconvenientes en verse. Temióle necio, no se enamorara de sí aun el más monstruo y todo ocupado en verse, ninguna otra cosa mirara. Basta que se mire á las manos, antes que le miren otros. Remire sus obras, que es preciso, y atienda á sus acciones, que sean tan muchas, como perfectas. Mírese también á los pies, hollando su vanidad, y sepa dónde los pone y dónde los tiene. Vea en qué pasos anda, que eso es tener ojos.
Así es, replicó Andrenio; mas para tanto ver poco parecen dos ojos y ésos tan juntos. De una alhaja tan preciosa lleno había de estar todo este animado palacio. Pero, ya que hayan de ser dos no más, pudiéranse repartir y que uno estuviera delante para ver lo que viene y el otro atrás, para lo que queda. Con eso nunca perdieran de vista todas las cosas.
Y algunos, respondió Critilo, arguyeron á la naturaleza de tan imaginario descuido y aun fingieron un hombre, á su parecer muy perfecto, con la vista duplicada y no servía sino de ser hombre de dos caras, doblado más que duplicado. Yo, si hubiera de añadir ojos, antes los pusiera á los lados encima de los oídos y muy abiertos, para que viera quién se le pone al lado, quién se le entremete á amigo. Y con eso no perecieran tantos de aquel mortal achaque del costado. Viera el hombre con quién habla, con quién se ladea, que es uno de los más importantes puntos de la vida y vale más estar solo, que malaconsejado. Pero advierte que dos ojos bien empleados bastante son para todo. Ellos miran derechamente lo que viene cara á cara y de reojo lo que á traición. Al atento bástale una ojeada para descubrir cuanto hay. Y aun por eso fueron formados los ojos en esferas, que es la figura más apta para el ejercicio de ver; no cuadrada, no haya rincones, no se esconda lo que más importa que se vea. Bien están en la cara, porque el hombre siempre ha de mirar adelante y á lo alto. Y, si hubiera otros en el cerebro, fuera ocasión de que al levantar los unos al cielo, abatiera los otros á la tierra con cisma de afectos.