Otra maravilla he observado en ellos, dijo Andrenio, que es el llorar y me parece andan muy necios. Porque ¿qué remedia los males el llorarlos? No sirve, sino de aumentar penas. El reirse de todo el mundo, aquel no dársele cosa de cuanto hay, éso sí que es saber vivir.

¡Ah! Que como los ojos, dijo Artemia, son los que ven los males y tantos, ellos son los que los lloran. Siempre verás que quien no siente no se siente; mas quien añade sabiduría, añade tristeza. Esa vulgaridad del reir, quédese para la necia boca, que es la que mucho yerra. Son los ojos puertas fieles por donde entra la verdad y anduvo tan atentamente escrupulosa la naturaleza, que para no dividirlos, no se contentó con juntarlos en un puesto; sino que los hermanó en el ejercicio. No permite que vea el uno sin el otro, para que sean verídicos contestes. Miren juntos una misma cosa, no vea blanco el uno y negro el otro. Sean tan parecidos en el color, en el tamaño y en todo, que se equivoquen entre sí y desmientan la pluralidad.

Al fin, dijo Critilo, los ojos son en el cuerpo lo que las dos lumbreras en el cielo y el entendimiento en el alma. Ellos suplen todos los demás sentidos y todos juntos no bastan á suplir su falta. No sólo ven; sino que escuchan, hablan, vocean, preguntan, responden, riñen, espantan, aficionan, agasajan, ahuyentan, atraen y ponderan y todo lo obran. Y lo que es más de notar, que nunca se cansan de ver, como ni los entendidos de saber, que son los ojos de la república.

Notablemente anduvo próvida la naturaleza, dijo Andrenio, en señalar su lugar á cada sentido, más ó menos eminente, según su excelencia. Á los más nobles mejoró en los primeros puestos y puso á vista los sublimes ejercicios de la vida; al contrario los indecentes y viles, aunque necesarios, los desterró á los más ocultos lugares, apartándolos de la vista.

Mostróse, dijo Critilo, gran celadora de la honestidad y decoro, que aun los femeniles pechos los puso en puestos que pudiesen alimentar los hijos con decencia.

Después de los ojos, señaló en segundo lugar á los oídos, dijo Andrenio, y me parece muy bien que le tengan tan eminente; pero aquello de estar al lado te confieso me hizo disonancia y parece fué facilitar la entrada á la mentira. Que, así como la verdad viene siempre cara á cara, ella á traición ingiérese de lado. ¿No estuvieran mejor bajo los ojos y éstos examinaran primero lo que se oye, negando la entrada á tanto engaño?

¡Qué bien lo entiendes!, dijo Artemia. Lo que menos convenía era que los ojos estuvieran con los oídos. Tengo por cierto que no quedara verdad en el mundo. Antes, si yo los hubiera de disponer de otro modo, los retirara cien dedos de la vista ó los pusiera atrás en el cerebro, de modo, que oyera un hombre lo que detrás dél se dice, que aquello es lo verdadero. ¡Qué buena anduviera la justicia, si ella viera la belleza que se excusa, la riqueza que se defiende, la nobleza que ruega, la autoridad que intercede y las demás calidades de los que hablan! Sea ciega, que eso es lo que conviene. Bien están los oídos en un medio; no adelante, porque no oigan antes con antes; ni detrás, porque no perciban tarde.

Otra cosa dificulté yo mucho, replicó Andrenio, y es que, así como los ojos tienen aquella tan importante cortina de los párpados, que verdaderamente está muy en su lugar para negarse, cuando no quieren ser vistos ó cuando no gustan de ver muchas cosas, que no son para vistas: ¿por qué los oídos, no han de tener también otra compuerta y ésa muy sólida, muy doble y ajustada, para no oir la mitad de lo que se habla? Con esto excusaríase un hombre oir necedades y ahorraría pesadumbres, único preservativo de la vida. Aquí yo no puedo dejar de condenar de descuidada la naturaleza y más, cuando vemos que la lengua la recluyó entre una y otra muralla con razón, porque una fiera bien es que esté entre verjas de dientes y puertas tan ajustadas de los labios. Sepamos ¿por qué los ojos y la boca han de llevar esta ventaja á los oídos y más estando tan expuestos al engaño?

Por ningún caso convenía, dijo Artemia, que se le cerrase jamás la puerta al oir. Es la de la enseñanza: siempre ha de estar patente. Y no sólo se contentó la atenta naturaleza con quitar esa compuerta, que tú dices; pero negó al hombre, entre todos los oyentes, el ejercicio de abatir y levantar las orejas. Él sólo las tiene inmobles, siempre alerta. Que aun le pareció inconveniente aquella poca detención, que en aguzarlas se tuviera. Á todas horas dan audiencia. Aun cuando se retira el alma á su quietud, entonces es más conveniente que velen estas centinelas. Y si no ¿quién avisara de los peligros? Durmiera el alma á lo poltrón. ¿Quién bastará á despertarlas? Esta diferencia hay entre el ver y entre el oir, que los ojos buscan las cosas como y cuando quieren; mas al oído ellas le buscan. Los objetos del ver permanecen. Puédense ver, si no ahora, después. Pero los del oir van de priesa y la ocasión es calva.

Bien está dos veces encerrada la lengua y dos veces abiertos los oídos. Porque el oir ha de ser al doble que el hablar. Bien veo yo que la mitad y aun las tres partes de las cosas, que se oyen, son impertinentes y aun dañosas; mas para eso hay un gran remedio, que es hacer el sordo, que se puede y es el mejor de ellos: esto es, hacer orejas de cuerdo, que es la mayor ganancia. Á más de que hay algunas razones tan sin ella, que no bastan párpados y entonces es menester tapiar los oídos con ambas manos: que, pues suelen ayudar á oir, ayuden también á ensordecer. Préstenos su sagacidad la serpiente, que, cosiendo el un oído con la tierra, tapa el otro con el fin, dando á todo buena salida.