Esto no se me puede negar, instó Andrenio, que estuviera muy bien un rastrillo en cada oído, como en guarda y con eso no entraran tan libremente tantos y tan grandes enemigos, silbos de venenosas serpientes, cantos de engañosas sirenas, lisonjas, chismes, cizañas y discordias, con otros semejantes monstruos escuchados.
Tienes razón en eso, dijo Artemia, y para eso formó la naturaleza las orejas, como coladeros de las palabras, embudos del saber. Y si lo notas, ya previno de antemano ese inconveniente, disponiendo este órgano en forma de laberinto, tan caracoleado, con tantas vueltas y revueltas, que parecen rastrillos y traveses de fortaleza, para que deste modo entren coladas las palabras, purificadas las razones y haya tiempo de discernir la verdad de la mentira.
Luego hay su campanilla muy sonora, donde resuenen las voces y se juzgue por el sonido si son faltas ó son falsas. ¿No has notado también que dió la naturaleza, despedida por el oído, aquel licor amargo de la cólera? ¿Pensarás tú á lo vulgar que fué esto para impedir el paso á algunas sabandijas, que topando con aquella amargura pegajosa se detengan y perezcan? Pues advierte que mucho más pretendió con eso, más alto fin tuvo. Contra otras más perniciosas previno aquella defensa. Topen las palabras blandas de la Circe con aquella amargura del recatado disgusto, deténganse allí los dulces engaños del lisonjero, hallen el desabrimiento de la cordura con que se empleen.
Y, aunque á muchos se les habían de gastar los oídos de oir dulce, ponderó Critilo, previno aquel antídoto de amargura. Finalmente, dos son los oídos, para que pueda el sabio guardar el uno virgen para la otra parte; haya primera y segunda información y procure que, si se adelantó á ocupar la una oreja la mentira, se conserve la otra intacta para la verdad, que suele ser la postrera.
Narices
sagaces. No parece, dijo Andrenio, tan útil el olfato, cuanto deleitable. Más es para el gusto, que para el provecho. Y siendo así, ¿por qué ha de ocupar el tercer puesto tan á la vista, aventajándose á otros, que son más importantes?
¡Oh, replicó Artemia, que es el sentido de la sagacidad! Y aun por eso las narices crecen por toda la vida. Coincide con el respirar, que es tan necesario como eso. Discierne el buen olor del malo y percibe que la buena fama es el aliento del ánimo. Daña mucho un aire corrupto: infecciona las entrañas. Huele, pues, atenta la sagacidad de una legua la fragancia ó la hediondez de las costumbres, porque no se apeste el alma. Y aun por eso está en lugar tan eminente. Es guía del ciego, gusto que le avisa del manjar gastado y hace la salva en lo que ha de comer. Goza de la fragancia de las flores y recrea el cerebro con la suavidad que despiden las virtudes, las hazañas y las glorias. Conoce los varones principales y los nobles, no en el olor material del ámbar, sino en el de sus prendas y excelentes hechos, obligados á echar mejor olor de sí, que los plebeyos.
En gran manera anduvo próvida la naturaleza, dijo Andrenio, en dar á cada potencia dos empleos, uno más principal y otro menos, penetrando oficios, para no multiplicar instrumentos. Desta suerte formó con tal disposición las narices, que se pudiesen despedir por ellas con decencia las superfluidades de la cabeza.
Eso es en los niños, dijo Critilo; que en los ya varones más se purgan los excesos de las pasiones del ánimo y así sale por ellas el viento de la vanidad, el desvanecimiento, que suele causar vahídos peligrosos y en algunos llega á trastornar el juicio. Desahógase también el corazón y evapóranse los humos de la fogosidad con mucha espera. Y tal vez á su sombra se suele disimular la más picante risa. Ayudan mucho á la proporción del rostro y, por poco que se desmanden, afean mucho. Son como manecilla del reloj del alma, que señalan el temple de la condición. Las leoninas denotan el valor, las aguileñas la generosidad, las prolongadas la mansedumbre, las sutiles la sabiduría y las gruesas la necedad.
Boca necia. Después del ver, del oir y del oler, dicho se estaba, ponderó Andrenio, que se había de seguir el hablar poco. Paréceme que es la boca la puerta principal desta casa del alma. Por las demás entran los objetos, mas por esta sale ella misma y se manifiesta en sus razones.
Así es, dijo Artemia, que en esta artificiosa fachada del humano rostro, dividida en sus tres órdenes iguales, la boca es la puerta de la persona real y por eso tan asistida de la guarda de los dientes y coronada del varonil decoro. Aquí asiste lo mejor y lo peor del hombre, que es la lengua. Llámase así por estar ligada al corazón.