Lo que yo no acabo de entender, dijo Andrenio, es que á propósito juntó en una misma oficina la sabia naturaleza el comer con el hablar. ¿Qué tiene que ver el un ejercicio con el otro? La una es ocupación baja y que se halla en los brutos; la otra es sublime y de solas las personas. Á más que de ahí se originan inconvenientes notables. El primero, que la lengua hable según el sabor que se le pega, ya dulce, ya amargo, agrio ó picante. Queda muy material de la comida: ya se roza, ya tropieza, habla grueso, se equivoca, se vulgariza y se relaja. ¿No estuviera mejor sola ella, hecha oráculo del espíritu?
Aguarda, dijo Critilo, que dificultas bien y casi me haces reparar; mas con todo eso, apelando á la suma Providencia, que rige la naturaleza, una gran conveniencia hallo yo en que el gusto coincida con el hablar, para que desta suerte examine las palabras, antes que las pronuncie. Másquelas tal vez, pruébelas si son sustanciales. Y, si advierte que pueden amargar, endúlcelas también. Sepa á qué sabe un no y qué estómago le hará al otro. Confítelo con el buen modo. Ocúpese la lengua en comer y aun, si pudiera, en otros muchos empleos, para que no toda se emplease en el hablar. Manos
diligentes. Siguen á las palabras las obras en los brazos y en las manos. Se ha de obrar lo que se dice y mucho más. Que, si el hablar ha de ser á una lengua, el obrar ha de ser á dos manos.
¿Por qué se llaman así, preguntó Andrenio, que, según tú me has enseñado, vienen del verbo latino maneo, que significa quietud, siendo tan al contrario, que ellas nunca han de parar?
Llamáronlas así, respondió Critilo, no porque hayan de estar quietas; sino porque sus obras han de permanecer ó porque de ellas ha de emanar todo el bien. Ellas manan del corazón, como ramas cargadas de frutos, de famosos hechos, de hazañas inmortales. De sus palmas nacen los frutos victoriosos. Manantiales son del sudor precioso de los héroes y de la tinta eterna de los sabios. ¿No admiras, no ponderas aquella tan acomodada y artificiosa composición suya? Que, como fueron formadas para ministras y esclavas de los otros miembros, están hechas de suerte, que para todo sirven ellas. Ayudando á oir, son sustitutos de la lengua. Dan vida con la acción á las palabras. Son de la boca, ministrando la comida y al olfato las flores. Hacen toldo á los ojos, para que vean, hasta ayudar á discurrir: que hay hombres, que tienen los ingenios en las manos, de modo que todo pasa por ellas. Defienden, limpian, visten, curan, componen, llaman y tal vez rascando lisonjean.
Y porque todos estos empleos, dijo Artemia, vayan ajustados á la razón, depositó en ellas la sagaz naturaleza la cuenta, el peso y la medida. En sus diez dedos está el principio y fundamento del número. Todas las naciones cuentan hasta diez y de allí suben multiplicando. Las medidas todas están en sus dedos, palmo, codo y brazada. Hasta el peso está seguro en la fidelidad de su tiento, sospesando y tanteando. Toda esta puntualidad fué menester para avisar al hombre que obre siempre con cuenta y razón, con peso y con medida. Y realzando más la consideración, advierte que en ese número de diez se incluye también el de los preceptos divinos, por que los lleve el hombre entre las manos. Ellas ponen en ejecución los aciertos del alma, encierran en sí la suerte de cada uno, no escrita en aquellas vulgares rayas, ejecutada sí en sus obras. Enseñan también escribiendo y emplea en esto la diestra sus tres dedos principales, concurriendo cada uno con una especial calidad. Da la fortaleza el primero y el índice la enseñanza. Ajusta el medio, correspondiendo al corazón, para que resplandezcan en los escritos el valor, la sutileza y la verdad. Siendo, pues, las manos las que echan el sello á la virtud, no es de maravillar que, entre todas las demás partes del cuerpo, á ella se les haga cortesía, correspondiendo con estimación, sellando en ella los labios, para agradecer y solicitar el bien.
Pies firmes. Y porque de pies á cabeza contemplamos el hombre tan misterioso, no es menos de observar su movimiento. Son los pies basa de su firmeza, sobre quienes asientan dos columnas. Huellan la tierra, despreciándola y tocando de ella no más de lo preciso para sostener el cuerpo. Van caminando y midiendo su fin. Pisan llano y seguro.
Bien veo yo y aun admiro, dijo Andrenio, la solidez con que atendió á afirmar el cuerpo la naturaleza, que en nada se descuida. Y para que no cayese, hacia adelante, donde se arroja, puso toda la planta. Y por que no peligrase á un lado ni á otro le apuntaló con ambos pies. Pero no me puedes negar que se descuidó en asegurarle hacia atrás, siendo más peligrosa esta caída, por no poder acudir las manos á exponerse al riesgo con su ordinaria fineza. Remediárase esto con haber igualado el pie, de modo, que quedara tanto atrás, como adelante y se aumentaba la proporción.
No mientes tal cosa, replicó Artemia, que fuera darle ocasión al hombre para no ir adelante en lo bueno. Sin eso hay tantos que se retiran de la virtud; ¿qué fuera, si tuviera apoyo en la misma naturaleza?
Corazón puro. Éste es el hombre por la corteza; que aquella maravillosa composición interior, la armonía de sus potencias, la proporción de sus virtudes, la consonancia de sus afectos y pasiones, ésa quédese para la gran filosofía. Con todo quiero que conozcas y admires aquella principal parte del hombre, fundamento de todas las demás y fuente de la vida, el corazón.
¿Corazón?, replicó Andrenio, ¿qué cosa es y dónde está?