Es, respondió Artemia, el rey de todos los demás miembros y por eso está en medio del cuerpo, como en centro muy conservado, sin permitirse ni aun á los ojos. Llámase así de la palabra latina Cura, que significa cuidado, que el que rige y manda siempre fué centro dellos. Tiene también dos empleos: el primero ser fuente de la vida, ministrando valor en los espíritus á las demás partes; pero el más principal es el amar, siendo oficina del querer.

Ahora digo, ponderó Critilo, que con razón se llama corazón, que exprime el cuidadoso. Por eso está siempre abrasándose como fénix.

Su lugar es en el medio, prosiguió Artemia, porque ha de estar en un medio el querer. Todo ha de ser con razón; no por extremos. Su forma es en punta hacia la tierra, porque no se roce con ella; sólo la apunte, bástele un indivisible. Al contrario, hacia el cielo está muy espacioso, porque de allá reciba el bien, que él sólo puede llenarle. Tiene alas, no tanto para que le refresquen, cuanto para que le realcen. Su color es encendido, gala de la caridad. Críale mejor sangre, para que con el valor se califique la nobleza. Nunca es traidor; necio sí, pues previene antes las desdichas, que las felicidades. Pero lo que más es de estimar en él, que no engendra excrementos, como las otras partes del cuerpo, porque nació con obligaciones de limpieza y mucho más en lo formal del vivir. Con esto está aspirando siempre á lo más sublime y perfecto.

Desta suerte fué la sabia Artemia filosofando y ellos aplaudiendo; pero dejémoslos aquí tan bienempleados, mientras ponderamos los extremos que hizo el engañoso y ya engañado Falimundo.

Picado en lo vivo, de que le hubiesen sacado del laberinto de sus enredos, con tanta pérdida de reputación al perdido Andrenio y algunos otros tan ciegos como él, con tal ardid, de tan mala consecuencia para lo venidero, trató de la venganza y con exceso. Echó mano de la Envidia, gran asesino de buenos y aun mejores, sujeto muy á propósito para cualquier ruindad, que siempre anda entre ruines. Comunicóla su sentimiento, exageró el daño y dióla orden fuese sembrando cizaña en malicias por toda aquella dilatada villanía. No le fué muy dificultoso, porque aseguran ha siglos que la Vulgaridad maliciosa vive y reina entre villanos, desde aquella ocasión en que las dos hermanas, la Lisonja y Malicia, dejando los patrios lares de su nada, las sacó á volar su madre la ruin Intención, con ambiciones de valer en el mundo.

Lisonja.
Malicia.
La Lisonja, dicen, fué á las cortes, aunque no muy derecha, y que lo acertó para sí, errándolo para todos. Porque allí se fué introduciendo tanto, que en pocas horas, no ya días, se levantó con la privanza universal. La Malicia, aunque procuró introducirse, no probó bien ni fué bien vista ni oída. No osaba hablar, que era reventar para ella. Andaba sin libertad y así trató de buscarla. Conoció que no era la corte para ella. Tomóse la honra para mejor quitarla y desterróse voluntariamente. Dió por otro extremo, que fué meterse á villana. Y salióle tan bien, que al punto se vió adorada de toda la verídica necedad. Allí triunfa porque allí habla; discurre, aunque á lo zonzo y pega valientes mazadas de necedades, que ella llama verdades. Llegó esto á tanto exceso de crédito y afecto que, porque no se la hurtasen ó matasen, trazaron los villanos meterla dentro de sus entrañas donde la hallan siempre los que menos querrían. En tan buena sazón llegó la Envidia y comenzó á sembrar su veneno.

Iba dejándose caer recelos en varillas contra Artemia. Decía que era otra Circe, si no peor, cuanto más encubierta con capa de hacer bien. Que había destruído la naturaleza, quitándola en su llaneza su verdadera solidez y con la afectación aquella natural belleza. Ponderaba que se había querido alzar á mayores, arrinconando á la otra y usurpándola el mayorazgo de primera. Advertid que, después que esta fingida reina se ha introducido en el mundo, no hay verdad; todo está adulterado y fingido. Nada es lo que parece, porque su proceder es la mitad del año con arte y engaño y la otra parte con engaño y arte. De aquí es que los hombres no son ya los que solían, hechos al buen tiempo y á lo antiguo, que fué siempre lo mejor. Ya no hay niños, porque no hay candidez.

¿Qué se hicieron aquellos buenos hombres, con aquellos sayos de la inocencia, aquella gente de bien? Ya se han acabado aquellos viejos machuchos, tan sólidos y verdaderos. El sí era sí y el no era no. Ahora todo al contrario, no toparéis sino hombrecillos maliciosos y bulliciosos, todo embeleco y fingimiento y ellos dicen que es artificio. Y el que más tiene desto, vale más. Ése se hace lugar en todas partes, medra en armas y aun en letras. Con esto ya no hay niños. Más malicia alcanza hoy uno de siete años, que antes uno de setenta.

¿Pues las mujeres? De pies á cabeza una mentira continuada, aliño de cornejas, todo ajeno y el engaño proprio. Tiene esta mentida reina arruinadas las repúblicas, destruídas las casas, acabadas las haciendas, porque se gasta el doble en los trajes de las personas y en el adorno de las casas. Con lo que hoy se viste una mujer se vestía antes todo un pueblo. Hasta en el comer nos ha perdido con tanta variedad de manjares y sainetes, que antes todo iba á lo natural y á lo llano. Dice que nos ha hecho personas; yo digo que nos ha deshecho. No es vivir con tanto embeleco ni es ser hombre el ser fingido. Todas sus trazas son mentiras y todo su artificio es engaño.

Incitó tanto los ánimos de aquel vulgacho, que en un día se amotinaron todos y dando voces sin entenderse ni entender, fueron á cercarle el palacio, voceando: Muera la hechicera. Y aun intentaron pegarla fuego por todas partes. Aquí conoció la sabia reina cuán su enemiga es la Villanía. Convocó sus valedores. Halló que los poderosos ya habían faltado; mas, no faltándose á sí misma, trazó vencer con la maña tanta fuerza. El raro modo con que triunfó de tan vil canalla, el bienejecutado ardid con que se libró de aquel ejército villano, léelo en la Crisi siguiente.