Madrid. Tirábala después la coronada Madrid, centro de la monarquía, donde concurre todo lo bueno en eminencias; pero desagradábala otro tanto malo, causándola asco, no la inmundicia de sus calles, sino de los corazones. Aquel nunca haber podido perder los resabios de villa y el ser una Babilonia de naciones no bien alojadas.

Sevilla. De Sevilla no había que tratar, por estar apoderada della la vil ganancia, su gran contraria, estómago indigesto de la plata, cuyos moradores ni bien son blancos ni bien negros, donde se habla mucho y se obra poco, achaque de toda Andalucía.

Granada. Á Granada también la hizo la cruz y á Córdoba un calvario. De Salamanca se dijeron leyes, donde no tanto se trata de hacer personas, cuanto letrados, plaza de armas contra las haciendas.

Zaragoza. La abundante Zaragoza, cabeza de Aragón, madre de insignes reyes, basa de la mayor columna y columna de la fe católica en santuarios y hermosa de edificios, poblada de buenos, así como todo Aragón de gente sin embeleco, parecíale muy bien; pero echaba mucho menos la grandeza de los corazones y espantábala aquel proseguir en la primera necedad.

Valencia. Agradábala mucho la alegre, florida y noble Valencia, llena de todo lo que no es sustancia; pero temióse que con la misma facilidad con que la recibirían hoy la echarían mañana. Barcelona. Barcelona, aunque rica cuando Dios quería, escala de Italia, paradero del oro, regida de sabios, entre tanta barbaridad no la juzgó por segura, porque siempre se ha de caminar por ella con la barba sobre el hombro.

León y Burgos estaban muy á la montaña, entre más miseria, que pobreza. Santiago, cosa de Galicia. Valladolid. Valladolid la pareció muy bien y estuvo determinada de ir allá, porque juzgó se hallaría la verdad en medio de aquella llaneza; pero arrepintióse porque, habiendo sido corte, huele aún á lo que fué y está muy á lo de campos. Pamplona. De Pamplona no se hizo mención, por tener más de corta que de corte y, como es un punto, toda es puntos y puntillos Navarra.

Toledo. Al fin fué preferida la imperial Toledo, á voto de la católica reina, cuando decía que nunca se hallaba necia, sino en esta oficina de personas, taller de la discreción, escuela del bienhablar, toda corte, ciudad toda y más después que la esponja de Madrid le ha chupado las heces, donde, aunque entre, pero no duerme la Villanía. En otras partes tienen el ingenio en las manos, aquí en el pico. Si bien censuraron algunos que sin fondo y que se conocen pocos ingenios toledanos de profundidad y de sustancia; con todo estuvo firme Artemia, diciendo:

¡Ea! que más dice aquí una mujer en una palabra, que en Atenas un filósofo en todo un libro. Vamos á este centro, no tanto material, cuanto formal de España.

Fuése encaminando allá con toda su cultura. Siguiéronla Critilo y Andrenio, con no poco provecho suyo, hasta aquel puesto donde se parte el camino para Madrid. Comunicáronla aquí su precisa conveniencia de ir á la corte en busca de Felisinda, redimiendo su licencia á precio de agradecimientos. Concedióselos Artemia en bien importantes instrucciones, diciéndoles:

Pues os es preciso el ir allá, que no conviene de otra suerte, atended mucho á no errar el camino, porque hay muchos que llevan allá.