Según eso no nos podemos perder, replicó Andrenio.
Antes sí y aun por eso, que en el mismo camino real se perdieron no pocos y así no vais por el vulgar de ver, que es el de la necedad, ni por el de la pretensión, que es muy largo é interminable. El del litigio es muy costoso á más de ser prolijo. El de la soberbia es desconocido y allí de nadie se hace caso y de todos casa. Entradas
de la corte. El del interés es de pocos y esos estranjeros. El de la necesidad es peligroso, que hay gran multitud de halcones en alcándaras de varas. El del gusto está tan sucio, que pasa de barros y llega el lodo á las narices, de modo que en él se anda apenas. El del vivir va de priesa y llégase presto al fin. Por el del servir es morir, por el del comer nunca se llega. El de la virtud no se halla y aun se duda. Sólo queda el de la urgencia mientras durare. Y creedme que allí ni bien se vive ni bien se muere.
Atended también por dónde entráis, que va no poco en esto. Porque los más entran por Santa Bárbara y los menos por la calle de Toledo. Algunos refinos por la puente. Entran otros y otras por la Puerta del Sol y paran en Antón Martín. Pocos por Lavapiés y muchos por untamanos. Y lo ordinario es no entrar por las puertas, que hay pocas y ésas cerradas; sino entreteniéndose. Con esto se dividieron: la sabia Artemia al trono de su estimación y nuestros dos viandantes para el laberinto en la corte.
Salteo
universal. Iban celebrando en agradable conferencia las muchas y excelentes prendas de la discreta Artemia, muy fundados en repetir los prodigios que habían visto, ponderando su felicidad en haberla tratado, la utilidad que habían conseguido. En esta conversación iban muy metidos, cuando sin advertirlo dieron en el riesgo de todos, uno de los peores pasos de la vida. Vieron que allí cerca había mucha gente detenida, así hombres, como mujeres, todos maniatados, sin osar rebullirse, viéndose despojar de sus bienes.
Perdidos somos, dijo Critilo. Aguarda, que habemos dado en uñas de salteadores, que los suele haber crueles en estos curiales caminos. Aquí están robando sin duda y, aun si con eso se contentasen, ventura sería en la desdicha; pero suelen ser tan desalmados, que quitan las vidas y llegan á desollar los rostros á los pasajeros, dejándolos del todo desconocidos.
Quedó helado Andrenio, anticipándose el temor á robarle el color y aun el aliento. Cuando ya pudo hablar:
¿Qué hacemos, dijo, que no huímos? Escondámonos, que no nos vean.
Ya es tarde á lo de Frigia, que es lo necio, respondió Critilo, que nos han descubierto y nos vocean.
Con esto pasaron adelante, á meterse ellos mismos en la trampa de su libertad y en el lazo de su cuello. Miraron á una y otra banda y vieron una infinidad de pasajeros de todo porte, nobles, plebeyos, ricos, pobres, que ni perdonaban á las mujeres, toda gente moza, y todos amarrados á los troncos de sí mismos. Aquí suspirando Critilo y gimiendo Andrenio, fueron mirando por todo aquel horrible espectáculo quiénes eran los crueles salteadores, que no podían atinar con ellos. Miraban á unos y á otros y todos los hallaban enlazados. ¿Pues quién ata? En viendo alguno de mal gesto, que eran los más, sospechaban dél.
¿Si será este, dijo Andrenio, que mira atravesado, que así tiene el alma?