Todo se puede creer de un mirar equívoco, respondió Critilo; pero más temo yo de aquel tuerto. Mal gesto,
mal hecho. Que nunca suelen hacer éstos cosa á derechas, á juicio de la reina católica y era grande. Guárdate de aquel muchos labios y mala labia, que nos hace hocico siempre. Pues aquel otro de las narices remachadas, tan cruel como iracundo y, si de color de membrillo, cómitre amulatado...
No será sino aquel del ojo remellado, que tiene andado mucho para verdugo.
¿Y qué le falta á aquel encapotado, que mira hosco, amenazando á todos de tempestad?
Oyeron uno, que ceceaba y dijeron:
Éste es sin duda, que á todos va avisando con su ¡ce, ce! á que se guarden dél. Pero no, sino aquel que habla aspirando, que parece que se traga los hombres, cuando alienta.
Oyeron á uno hablar gangoso y dieron á huir, entendiéndole la ganga por valiente de Baco y Venus. Toparon con otro peor, que hablaba tan ronco, que sólo se entendía con los jarros. En hablando alguno alterado, presumían dél y, si en catalán, con evidencia. De esta suerte fueron reconociendo á unos y otros y á todos los veían rendidos; ninguno delincuente.
¿Qué es esto?, decían. ¿Dónde están los robadores de tantos robados, pues aquí no hay de aquellos, que hurtan á repique de tijera, ni los que nos dejan en cueros, cuando nos calzan, los que nos despluman con plumas, los que se descomiden cuando miden ni los que pesan tan pesados?
Hurto común. ¿Quién embiste aquí, quién pide prestado, quién cobra, quién ejecuta? Nadie encubre, nadie lisonjea, no hay ministros, no hay de la pluma. Pues ¿quién roba? ¿Dónde están los tiranos de tanta libertad?
Esto decía Critilo, cuando respondió una gallarda hembra, entre mujer y entre ángel:
Ya voy. Aguardaos, mientras acabo de atar estos dos presumidos, que llegaron antes.