Era, como digo, una bellísima mujer, nada villana y toda cortesana. Hacía buena cara á todos y muy malas obras. Su frente era más rasa que serena. No miraba de mal ojo y á todos hacía dél. Las narices tenía blancas, señal de que no se le subía el humo á ellas. Sus mejillas eran rosas sin espinas. Ni mostraba los dientes, sino otros tantos aljófares, al reirse de todos. Tan agradable, que era ocioso el atar, pues con sola su vista cautivaba. Su lengua era sin duda de azúcar, porque sus palabras eran de néctar. Y las dos manos hacían un blanco de los afectos y, con tenerlas tan buenas, á nadie daba buena mano ni de mano. Y, aunque tenía brazo fuerte, de ordinario lo daba á torcer, equivocando el abrazar con el enlazar. De suerte que de ningún modo parecía salteadora quien tan buen parecer tenía. No estaba sola, antes muy asistida de un escuadrón volante de amazonas, igualmente agradables, gustosas y entretenidas, que no cesaban de atar á unos y á otros, ejecutando lo que su capitana les mandaba.

Todos locos. Era de reparar que á cada uno le aprisionaban con las mismas ataduras que él quería y muchos se las traían consigo y las prevenían para que los atasen. Así que á unos aprisionaban con cadenas de oro, que era una fuerte atadura; á otros con esposas de diamantes, que era mayor. Ataron á muchos con guirnaldas de flores y otros pedían que con rosas, imaginando era más coronarles las frentes y las manos. Vieron uno, que le ataron con un cabello rubio y delicado y, aunque él se burlaba al principio, conoció después era más fuerte que una maroma. Á las mujeres de ordinario las ataban, no con cuerdas, sino con hilos de perlas, sartas de corales, listones de resplandor, que parecían algo y valían nada.

Á los valientes, al mismo Bernardo le aprisionaron, después de muchas bravatas, con una banda, quedando él muy ufano. Y lo que más admiró fué que á otros sus camaradas los atraillaron con plumajes y fué una prisión muy segura.

Ciertos grandes personajes pretendieron los atasen con unos cordoncillos, de que pendían veneras, llaves y eslabones y porfiaban hasta reventar. Había grillos de oro para unos y de hierro para otros y todos quedaban igualmente contentos y aprisionados.

Lo que más admiró fué que, faltando lazos con que maniatar á tantos, los enlazaban con brazos de mujeres y muy flacas á hombres muy robustos. Al mismo Hércules con un hilo delgado y muy al uso y á Sansón con unos cabellos, que le cortaron de su cabeza.

Querían ligar á uno con una cadena de oro, que él mismo traía, y les rogó no hiciesen tal, sino con una soga de esparto crudo, extremo raro de avaricia. Avaros. Á otro camarada déste le apretaron las manos con los cerraderos de su bolsa y aseguraron era de hierro. Añudaron á uno con su propio cuello, que era de cigüeña, á otro con un estómago de avestruz. Hasta con sartas de salados sabrosos eslabones ataban algunos y gustaban tanto de su prisión, que se chupaban los dedos. Salían otros de juicio, de contento, de verse atados por las frentes con laureles y con hiedras. Pero ¿qué mucho, si otros se volvieron locos en tocando las cuerdas?

Desta suerte iban aprisionando aquellas agradables salteadoras á cuantos pasaban por aquel camino de todos, echando lazos á unos á los pies, á otros al cuello. Atábanles las manos, vendábanles los ojos y llevábanlos atados, tirándoles del corazón.

Con todo eso había una muy desagradable entre todas, que cuantos ataba, se mordían las manos y despedazaban las carnes hasta roerse las entrañas. Atormentábalos á éstos con lo que otros se holgaban y de la ajena gloria hacían infierno. Otra había bizarramente furiosa, que apretaba los cordeles hasta sacar sangre y ellos gustaban tanto desto, que se la bebían unos á otros. Y es lo bueno que, después de haber maniatado á tantos, aseguraban ellas que no habían atado persona.

Llegaron ya á querer hacer lo mismo de Critilo y de Andrenio. Preguntáronles con qué género de atadura querían ser maniatados. Andrenio, como mozo, resolvióse presto y pidió le atasen con flores, pareciéndole sería más guirnalda que lazo. Mas Critilo, viendo que no podía pasar por otro, dijo que le atasen á él con cintas de libros, que pareció bien extraordinaria atadura; pero al fin lo era y así se ejecutó.

Venta
del mundo.
Mandó luego tocar á marchar aquella dulce tirana. Y aunque parecía que los llevaban á todos arrastrando de unas cadenillas asidas á los corazones; pero de verdad ellos se iban, que no era menester tirarlos mucho. Volaban algunos, llevados del viento, casi todos con buen aire, deslizándose muchos, tropezando los más y despeñándose todos.