Muchos gustaban de entrar en éste y se preciaban ser gente de buen gusto.
Al contrario, había otro que campeaba rojo, empedrado de puñales, las paredes de acero, sus puertas eran bocas de fuego y sus ventanas troneras, los pasamanos de las escaleras eran pasadores y de los techos, en vez de florones, pendían montantes. Y con todo eso, no faltaban algunos, que se alojaban en él, tan á costa de su sangre.
Otro se veía de color azul, cuya hermosura consistía en deslucir los demás y desdorar ajenas perfecciones. Adornábase su arquitectura de canes, grifos y dentellones. Su materia eran dientes, no de elefante, sino de víboras. Y aunque por fuera tenía muy buena vista; pero por dentro aseguraban tenía roídas las entrañas de las paredes. Mordíanse por entrar en él unos á otros.
El más cómodo de todos era el más llano y, aunque no había en todo él escalera que subir, estaba lleno de mesillas, alhajado de sillas y todas poltronas. Parecía casa de la China, sin ningún alto. Su materia era de conchas de tortuga. Todo el mundo se acomodaba en él, tomándolo muy de asiento.
Con esto iban tan poco á poco y él era tan largo, que nunca llegaban al cabo, con ser todo paraderos.
El más hermoso era el verde, estancia de la primavera, donde campeaba la belleza. Llamábase el de las flores y todo era flor en él, hasta la valentía y la de la edad ni faltaba la del berro. Había muchos Narcisos, alternados con las violetas. Coronábanse todos en entrando de rosas, que bien presto se marchitaban, quedando las espinas. Y aun todas sus flores paraban en zarzas y sus verduras en palo. Con todo era una estancia muy requerida, donde todos los que entraban se divertían harto.
Obligábanlos á Critilo y Andrenio á entrar en alguna de aquellas estancias, la que más fuese de su gusto. Éste, como tan lozano y en la flor de su vida, encaminóse á la de las flores, diciendo á Critilo:
Entra tú por donde gustares, que al cabo de la jornada todos vendremos á un mismo paradero.
Instábanle á Critilo que escogiese, cuando dijo:
Yo nunca voy por donde los demás, sino al revés. No me excuso de entrar, pero ha de ser por donde ninguno entra.