¿Cómo puede ser eso, le replicaron, si no hay puerta por donde no entren muchos cada instante?
Reíanse otros de su singularidad y preguntaban:
¿Qué hombre es éste, hecho al revés de todos?
Y aun por eso pienso serlo, respondió él. Yo he de entrar por donde los otros salen, haciendo entrada de la salida. Nunca pongo mira en los principios, sino en los fines.
Dió la vuelta á la casa y ella la dió tal, que no la conocía, pues toda aquella grandeza de la fachada se había trocado en vileza, la hermosura en fealdad y el agrado en horror y tal, que parecía por esta parte, no fachada, sino echada, amenazando por instantes su ruina. No sólo no atraían las piedras á los huéspedes, sino que se iban tras ellos sacudiéndoles, que hasta las del suelo se levantaban contra ellos. No se veían jardines por esta acera tan azar, campo sí de espinas y de malezas.
Advirtió Critilo, con no poco espanto suyo, que todos cuantos veía entrar antes riendo, ahora salían llorando. Y es bien de notar cómo salían. Arrojaban á unos por las ventanas, que correspondían al cuarto de los jardines y daban en aquellas espinas tal golpe, que se les clavaban por todas las coyunturas, quedando llenos de dolores, tan agudos, que estando en un infierno, levantaban el grito hasta el cielo. Los que habían subido más altos daban mayor caída. Uno déstos cayó de lo más alto de palacio, con tanta fruición de los demás, como pena suya, que todos estaban aguardando cuándo caería. Quedó tan maltratado, que no fué más persona ni pudo hacer del hombre.
Bien merece, decían todos los de dentro y fuera, tanto mal, quien á nadie hizo bien.
El que causó gran lástima fué uno, que tuvo más de luna, que de estrella. Éste al caer se clavó un cuchillo por la garganta, escribiendo con su sangre el escarmiento sin segundo. Vió Critilo, que por la ventana, antes del oro y ya del lodo, despeñaban á muchos desnudos y tan abrumados, que parecían haberles molido las espaldas con saquillos de arenas de oro. Otros por las ventanas de la cocina caían en cueros. Y todos daban de vientre en aquel suelo, abominando tales crudezas. Sólo uno vió salir por la puerta y, admirado Critilo únicamente, se fué para él, dándole la singular enhorabuena. Al saludarle reparó que quería conocerle.
¡Válgame el cielo!, decía. ¿Dónde he visto yo este hombre? Pues yo le he visto y no me acuerdo.
¿No es Critilo?, preguntó él.