No dejaron de asustarse y más, cuando oyeron repetir lo mismo á otro y á otros, que todos volvían atrás de espanto.
¿Es posible, dijo Andrenio, que jamás nos hemos de ver libres de monstruos ni de fieras, que toda la vida ha de ser arma?
Trataban de huir y ponerse en cobro, cuando volviéndose hacia su camarada el Gigante, no le vieron, pero le sintieron metido en uno de sus zapatos, tamañito. Creció su espanto, creyendo fuese efeto del miedo; mas él, con voz intrépida les animó, diciendo:
No temáis, no, que ésta no es desdicha, sino suerte.
¿Cómo suerte, gritó uno de los fugitivos, si está ahí una fiera tan cruel, que no perdona al hombre más persona?
¿Cómo nos guías por aquí?, instó Critilo.
Y él:
Porque es el camino de más ventajas, el de los grandes hombres, y esa fiera tan temida no es para mí asombro, sino trofeo.
Dábase á las furias, oyendo esto Andrenio, y preguntóle á uno de los menos asustados:
¿No me diríais, qué fiera es ésta?