¿No hay un paladín, que degüelle esa horca tan perjudicial?, preguntó Andrenio.

¿Quién la ha de matar? No los pequeños, que no les hace daño; antes los venga y consuela. No los grandes hombres, porque ella acaba con todos. ¿Pues quién le ha de emprender?

¿Es bruto, ó persona?

Algo, aunque poco, tiene de hombre, de mujer mucho y de fiera todo.

Ya en esto venía para ellos un rayo en monstruo, dando crueles dentelladas, espumando veneno:

Aquí el remedio es, gritó el ya Enano, y mucho menos, no sobresalir en cosa, no lucir ni campear, no ostentar prenda alguna.

Así lo platicaron y la que venía rechinando colmillos y relamiéndose en espumajos de veneno, viéndoles que tan poco sobresalían y que el imaginado Gigante era un pigmeo, no dignándose ni aun de mirarles, los despreció, dando la vuelta á su poquedad y vileza.

¿Qué os ha parecido de la monstruosa vieja?, preguntó el ya otra vez Gigante.

Y Critilo:

Yo dudé si era el Ostracismo moderno, que á todos los insignes varones destierra y querría echar del mundo, no más de porque lo son. En oliendo un docto, le hace proceso de excelente hombre y le condena á no ser oído; al esclarecido á deslucido; al valiente le hace cargos, transformándole las proezas en deméritos; al mayor ministro y de mejor gobierno le publica por insufrible; la hermosura mayor, á no ser vista; y al fin, toda eminencia, que vaya fuera y se le quite delante.