¿Y eso ejecutaban hombres de juicio en Atenas?, replicó Andrenio.
Y hoy pasa en hecho de verdad, le respondió.
¿Y dónde van á parar tantos buenos?
¿Dónde? Los valientes á Estremadura y la Mancha, los buenos ingenios á Portugal, los cuerdos á Aragón, los hombres de bien á Castilla, las discretas á Toledo, las hermosas á Granada, los bellos decidores á Sevilla, los varones eminentes á Córdoba, los generosos á Castilla la Nueva, las mujeres honestas y recatadas á Cataluña y todo lo lucido á parar en la corte.
Á mí me pareció, dijo Andrenio, en aquel mirar de mal ojo, en el torcer de boca, en el hacer gestillos, en el modillo de hablar y en el enfadillo que era la Envidia.
La misma, respondió el Gigante; aunque ella lo niega.
Libres ya de envidiados y envidiosos, llegaron á un paso inevitable, donde asistía muy de asiento un varón muy de propósito. Éste era el que tenía en su mano la justa medida de los entendimientos, de cómo han de ser. Y era cosa rara que, llegando cada instante unos y otros á medirse, ninguno se ajustaba de todo punto. Unos se quedaban muy cortos á tres ó á cuatro dedos de necios. Ya por esto, ya por lo otro. Uno, porque, aunque en unas materias discurría, en otras no acertaba. Éste era ingenioso, pero cándido; aquél docto, pero rústico. De modo, que ninguno venía cabal del todo. Al contrario, otros pasaban del coto y eran bachilleres, resabidos, sabihondos y aun casi locos. Hablaban unos bien; pero se escuchaban. Sabían otros; pero se lo presumían. Y todos éstos enfadaban. Así que unos por cortos, otros por largos, unos por carta de más, otros de menos, todos perdían. Á unos les faltaba un pedazo de entendimiento y á otros les sobraba. Cuál y cuál, uno entre mil, venía á ser de la medida y aun quedaba en opiniones. En viendo el juicioso varón que uno no llegaba ó un otro se pasaba, los mandaba meter en la gran jaula de todos, llamada así por los infinitos, de que siempre estaba llena. Que de loco ó simple, raro es el que se escapa, los unos porque no llegan, los otros porque se pasan, condenándose todos, unos por tontos, otros por locos. Comenzó á vocearles uno de los que ya estaban dentro y decía:
Entrad acá, no tenéis que mediros, que todos somos locos, los muchos y los pocos.
Tomáronse la honra, que en la tierra de los necios, el loco es rey, y guiados de su gran hombre, entraron allá. Vieron cómo los más andaban, pero no discurrían. Cada uno con su tema y alguno con dos y tal con cuatro. Había caprichosas setas y cada uno celebraba la suya: el uno de entendido, el otro de decidor, éste de galán, aquél de bravo, tal de linajudo y cuál de afectado, de enamorados muchos, de descontentos de todo algunos. Los graciosos muy desgraciados, los dejados muy fríos, los porfiados insufribles, los singulares señalados, los valientes furiosos, los muy voluntarios fáciles, los encarecedores desacreditados, los tiesos enfadosos, los vulgares desestimados, los juradores aborrecidos, los descorteses abominados, los rencillosos malquistos, los artificiosos temidos. Admirado Andrenio de ver tan trascendente locura, quiso saber la causa y dijéronle.
Advertí que ésta es la semilla, que más cunde hoy en la tierra, pues da á ciento por uno y en partes á mil. Cada loco hace ciento y cada uno déstos otros tantos, y así en cuatro días se llena una ciudad. Yo he visto llegar hoy una loca á un pueblo y mañana haber ciento imitadoras de sus profanos trajes. Y es cosa rara que cien cuerdos no bastan hacer cuerdo un loco y un loco vuelve orates á cien cuerdos. De nada sirven los cuerdos á los locos. Éstos sí hacen gran daño á aquéllos: es en tanto grado, que ha acontecido poner un loco entre muchos y muy cuerdos por ver si se remediaría.