Y como en todo cuanto hablaba y hacía le repugnaban, comenzó á dar gritos, diciendo que le sacasen de entre aquellos locos, si no querían que perdiese el juicio en cuatro días.
Era de ponderar, cuáles procedían, sin parar un punto ni reparar en cosa y todos fuera de sí y metidos en otro de lo que eran y tal vez todo lo contrario. Porque el ignorante se imaginaba sabio, con que no estaba en sí; el nonadilla se creía gran hombre; el vil, gran caballero; la fea se soñaba hermosa; la vieja, niña; el necio, muy discreto. De suerte que ninguno está en sí ni se conoce ninguno en el caso ni en casa. Y era lo bueno que cada uno preguntaba al otro si estaba en su juicio.
¿Hombre del diablo, estáis loco?
¿Estamos en casa?, decía uno.
¿Estáis conmigo?, decía otro.
Y á fe estuviera bien apañado, si con él. Á todos los otros imaginaban sus antípodas y que andaban al revés, persuadiéndose cada uno que él iba derecho y el otro cabeza abajo, dando de colodrillo por esos cielos; él muy tieso y los otros rodando.
¡Qué errado anda fulano!, decía éste.
Y respondía el otro:
¡Qué calzado por agua va él!
Todos se burlan unos de otros. El avaro del deshonesto y éste de aquél, el español del francés y el francés del español.