Señor, que estén aquí los amantes, vaya: que no va sino una letra para amentes; que estén los músicos en su traste, bien; pero ¿hombres de entendimiento?
Oh, sí, respondía Séneca: que no hay entendimiento grande sin vena.
Trabáronse de palabras, que no de razones, un alemán y un francés. Llegaron á términos de perdérselos y el francés trató al alemán de borracho y éste le llamó loco. Dióse por muy agraviado el francés y arremetiendo para él, que siempre procuran ser los agresores y con eso ganan, juraba le había de sacar la sangre pura, que no fuera poco. Y el alemán que le había de hacer saltar los sesos, que no tenía.
Púsose de por medio un español; mas, aunque echó algunos votos, no podía aplacar al francés.
No tenéis razón, le dijo, que si él os ha tratado de loco, vos á él de borracho, con que sois iguales.
No, Monsiur, decía el francés; más cargado quedo yo: peor es loco que borracho.
Malo es lo uno y lo otro, replicó el español; pero la locura es falta y la embriaguez es sobra.
Así es, dijo el francés; pero aquello de ser mentecato de alegría es una gran ventaja, es tacha de gusto.
He, que también un loco, si da en rey ó papa, pasa una linda vida. Así que no sé yo de qué os dais por tan sentido.
Siempre estoy en mis trece, dijo el francés, que yo hallo gran diferencia de loco á borracho. Porque el uno es mentecato de secano y el otro de regadío.