Estaba una mujer loca rematada de su hermosura, que las más déstas no tienen un adarme de juicio.

Ésta sí, dijo Critilo, que volverá locos á ciento.

Y aun á más, dijo Andrenio.

Y fué así, que ella estaba loca y loca su madre con ella y loco el marido de celos y locos cuantos la miraban.

Daba voces un gran personaje y decía:

¿Á mí, á un hombre como yo, de mi calidad, á un magnate intentar meterlo aquí? Eso no. Si es por esto y esto, yo tuve mi razón: no se ha de dar cuenta de las acciones á todos. Si es por aquello, engáñanse. ¿Qué saben ellos de las ejecuciones de los grandes personajes, que no las alcanzan? ¿Por qué se meten á censurarlas? Que hay historiador y aun los más, que no tocan en cielo ni en tierra.

Defendíase todo lo posible; mas los superintendentes de la jaula, tratándole muy mal hasta ajarle le llevaban muy contra su voluntad, diciendo:

Aquí no se juzga de la cordura interna, sino de la locura externa. Vaya á la jaula derecho quien hizo tantos tuertos.

Llegó Critilo y, viendo era un gran personaje bien conocido, díjoles no tenían razón de meterle allí un hombre semejante.

He, sí señor, dijeron ellos, que estos hombres grandes hacen siempre locuras de su tamaño y mayores cuanto mayores.