De ese modo ha sido tan ventilada la disputa, que aún dura y durará, sin haberse podido convenir jamás ni vuelto con la respuesta al Hacedor soberano. El cual prosigue en que comience el hombre á vivir por la niñez ignorante y acabe por la vejez sabia.
Estaban ya nuestros dos peregrinos del mundo, los andantes de la vida, al pie de los Alpes canos, comenzando Andrenio á dar en el blanco, cuando Critilo en los dejos de cisne. Era la región tan destemplada y tan triste, que, entrados en ella, á todos se les heló la sangre.
Éstas, decía Andrenio, más parecen puertas de la muerte, que puertos de la vida.
Y era muy de observar que los que antes pasaron los Pirineos sudando, ahora los Alpes tosiendo. Que lo que en la juventud se suda, en la vejez se tose. Veían blanquear algunos de aquellos cabezos, cuando otros muy pelados, cayéndoseles los dientes de los riscos. No discurrían bulliciosas las venas de los arroyuelos, porque la mucha frialdad los había embargado la risa y el bullicio, de modo que todo estaba helado y casi muerto. Aparecían desnudas las plantas de sus primeras locuras y verdores y desabrigadas de su vistoso follaje. Y, si algunas hojas les habían quedado, eran tan nocivas, que mataban no pocos al caer. Aunque decía la amenazada vieja:
Á la de mi naranjo me apelo.
No se veían ya reir las aguas como solían; llorar sí y aun crujir los carámbanos. No cantaba el ruiseñor enamorado; gemía sí, desengañado.
¡Qué región tan malhumorada es ésta!, se lamentaba Andrenio.
¡Y qué malsana!, añadió Critilo. Trocáronse los fervores de la sangre en horrores de la melancolía, las carcajadas en ayes: todo es frialdad y tristeza.
Esto iban melancólicamente discurriendo, cuando entre los pocos, que llegaban á estampar el pie en aquel polvo de nieve, descubrieron uno de tan estraño proceder, que dudaron ambos á la par si iba ó si venía, equivocándose con harto fundamento, porque su aspecto no decía con su paso. Traía el rostro hacia ellos y caminaba al contrario. Porfiaba Andrenio que venía y Critilo que iba. Que aun de lo que dos están viendo á una misma luz hay diversidad de pareceres. Apretó la curiosidad los acicates á su diligencia, con que le dieron alcance muy en breve y hallaron que realmente tenía dos rostros, con tan dudoso proceder, que, cuando parecía venir hacia ellos, se huía dellos y, cuando le imaginaban más cerca, estaba más lejos.
No os espantéis, dijo él mismo advirtiendo su reparo, que en este remate de la vida todos discurrimos á dos luces y andamos á dos haces. Ni se puede vivir de otro modo, que á dos caras. Con la una nos reímos, cuando con la otra regañamos; con la una boca decimos de si y con la otra de no y hacemos nuestro negocio. Y, si alguno nos pide la palabra de que no nos está bien la obra, apelamos del decir al hacer, de la facilidad del prometer á la imposibilidad del cumplir, de la lengua á las manos: que hay dos leguas de distancia y catalanas. Estaremos asegurando una cosa á la española y desmintiéndola á la francesa, á fuer de Enrico, que de un rasgo firmó las dos paces contrarias, sin refrescar la pluma ni tomar tinta de nuevo. Hablamos en dos lenguas á la par y al que dice que nonos entiende, que nosotros nos entendemos. Hay primero y segundo semblante: el uno de cumple y el otro de miento. Con el primero contentamos á todos y con el segundo á ninguno. ¿Cuántas veces lloramos con el que llora y á un mismo tiempo nos estamos riendo de su necedad? Que con el un brazo estaba agasajando aquel gran personaje, que todos conocimos, al que llegaba á hablarle, y con la otra mano se la estaba jurando al paje, que le había dado entrada. Así que no os fiéis de caricas ni os paguéis de gustillos. Pasad adelante á ver la otra cara, la verdadera, la de hablas, la de después, la de sobras. Que, si bien reparáis, hallaréis la una frente muy serena y la otra borrascosa. Blasfema esta boca de lo que aquélla aplaude. Si los ojos de la una son azules y de cielo, los de la otra muy negros y de infierno. Si aquéllos quietos, estos otros, guiñando. Veréis la una faz muy humana, cuando la otra muy grave; tan jovial ésta, cuan saturnina aquélla. Y en una palabra, todos en la vejez somos Janos, si en la mocedad fuimos Juanes. Sea ésta la primera lición y la que más encargada nos tiene la célebre tirana deste distrito y la que ella más platica.