¿Qué tirana es ésa?, preguntó asustado Andrenio.
Y el Jano:
¿Nueva se te hace? Pues de verdad que es bien vieja y bien sonada, conocida de todos y ella desconocida con todos. Témenla los nacidos por su crueldad, huyendo deste su caduco imperio, procurando cejar en la vida y echando borrones de mala tinta sobre el papel blanco de las canas. Y, si alguno llega por acá, es á empellones del tiempo y muy contra su buen gusto. Mirad aquella hembra, qué mala cara hace. Y cuanto más va, peor, viéndole ya prendida de más años, que alfileres. Aquí cautivan los fieros ministros de la fea Vejecia á todo pasajero sin que se les escape ni el rico ni el poderoso ni el galán ni el valiente; cuando mucho, alguno de los que saben vivir. Tráenlos á todos como por los cabellos, dejándolos tal vez más rotos, que una ocasión venturosa. Unos veréis que vienen llorando, otros tosiendo y todos en un continuo ay. Ni hay que admirar que es indecible el maltratamiento que les hace, increíbles las atrocidades que con ellos ejecuta, tratándolos al fin como á cautivos y ella tirana. Y aun quieren decir que tiene de bruja ella y todas las de su séquito lo que les falta de hechiceras. Chúpales la sangre y las mejillas. Hártalos de palos, dándoles más que del pan, y dice que es su sustento. Aseguran ser parienta tan allegada á la muerte, que están en segundo grado, y con todo no son sanguíneas ni cercanas en sangre, sino en huesos, más amigas aún que parientas. Viven pared en medio, teniendo puerta abierta á todas horas y así dicen que el viejo ya come las sopas en la sepultura, que de los mozos mueren muchos y de los viejos no escapa ninguno. No os la pinto, porque la veréis presto y por gran dicha. Y decía una linda:
Primero me caiga muerta.
Esto le estaba ponderando Andrenio, cuando advirtió que con la otra boca se estaba haciendo lenguas en alabanza de Vejecia, informando de todo lo contrario á Critilo. Celebrábala de sabia, apacible y discreta, estimadora de sus vasallos, asegurando que los premiaba con las primeras dignidades del mundo, procurándoles las mayores honras y concediéndoles grandes privilegios. No acababa de exagerar por superlativos el magnífico agasajo y el buen pasaje que les hacía. ¡Oh, con cuánta razón el otro sátiro de Esopo abominaba de semejantes sujetos, que con la misma boca ya calientan, ya resfrían, alaban y vituperan una misma cosa!
Líbreme Dios de semejante gente, dijo Andrenio.
Y el Jano:
Esto es tener dos bocas y advierte que ambas dicen verdad: remítome á la experiencia.
Ya en esto vieron discurrir por todas partes honras y coyunturas: los desapiadados verdugos de Vejecia. Y aunque procedían á traición y á lo de mátalas callando, se hacían después bien de sentir, dondequiera que una vez entraban. Espiones de la muerte, que con unas muletillas dejaban de correr y volaban hacia la sepultura. Iban de camarada de sesenta en setenta. Tropa había de ochenta y éstos eran los peores, que de allí adelante todo era trabajo y dolor. En agarrando alguno, con bien poco asidero le llevaban á la posta de una muletilla á padecer y podrecer. Á los que huían, que eran los más, les perseguían fieramente, tirándoles piedras, tan certeros, que se las clavaban en las ijadas y riñones y á muchos les derribaban los dientes y las muelas. Resonaban por todas aquellas soledades los ecos de un ay tras otro.
Y ponderaba el Jano para buen consuelo: