Aquí tantos son los ayes, como los ajes. Que el viejo cada día amanece con un achaque nuevo.

Estaban actualmente setenta de aquellos verdugos, peores que los mismos diablos, á dicho del Zapata, pues no bastan conjuros para sacarlos, batallando con una abuela, que habían cautivado sin más averiguación, que serlo; aunque pasaba muy de rebozo en un manto de humo, que en humo del diablo vienen á parar de ordinario los dejos del mundo y carne. Venía muy desenvuelta, cuando más envuelta. Porfiaba que aún no había salido del cascarón.

Y ellos con mucha risa decían:

¿Pues cómo entraste tan presto en el mascarón?

Ceceaba con enfadoso melindre y desmentíalo su porfiado toser. Tiráronla del manto, con que la que negaba un achaque manifestó tres ó cuatro. Cayósele la cabellera y quedó monstruo la que fué prodigio y la que había atraído tantos, Sirena, ahora los ahuyentaba, coco.

Pasaba un cierto personaje muy alto á lo estirado, echando piernas, que no tenía. Púsoselo á mirar uno de aquellos legañosos linces y reparó en que no llevaba criado y con linda chanza dijo:

Éste es el de criado.

¿Cómo, si no le lleva?, replicó otro.

Y aun por eso. Habéis de saber que la primer noche, que entró á servirle, llegando á desnudarle, comenzó el tal amo á despojarle de vestidos y de miembros.

Toma allá, le dijo, esa cabellera.