Y quedóse en calavera. Desatóle luego dos ristras de dientes, dejando un páramo la boca. Ni pararon aquí los remiendos de su talle; antes, removiendo con dos dedos uno de los ojos, se lo arrancó y entregósele, para que lo pusiese sobre la mesa, donde estaba ya la mitad del tal amo.

Y el criado fuera de sí, diciendo:

¿Eres amo ó eres fantasma? ¿Qué diablo eres?

Sentóse en esto, para que le descalzase y, habiendo desatado unos correones:

Estira, le dijo, de esa bota.

Y fué de modo, que se salió con bota y pierna, quedando de todo punto perdido, viendo su amo tan acabado.

Mas éste, que debía tener mejor humor, que humores, viéndole así turbado:

De poco te espantas, le dijo. Deja esa pierna y ase de esa cabeza.

Y al mismo punto, como si fuera de tornillo, amagó con ambas manos á retorcer y á tirársela. El mozo, no bastándole ya el ánimo, echó á huir con tal espanto, creyendo que venía rodando la cabeza de su amo tras él, que no paró en toda la casa ni en cuatro calles alrededor. Y con todo esto se agravia de que le tengan por viejo. Que todos desean llegar y, en siéndolo, no lo quieren parecer. Todos lo niegan y con semejantes engaños lo desmienten.

Ya á los ecos del toser, al asqueroso estruendo del gargajear, alargaron la vista y descubrieron un edificio caduco, cuya mitad estaba caída y la otra para caer, amenazando por momentos su total ruina, palpitándoles los corazones á las arrimadas yedras de los nepotes, validos y dependientes. Era de mármol en lo blanco y frío y, aunque muy apuntalado de Cipiones en vez de Atlantes, nada seguro. Y con tener fosos abiertos y cerradas barbacanas, lo que menos tenía era de fortaleza. Pero, ¿qué mucho se estuviese derruyendo, si se veía lleno de hendrijas y goteras?