He allí, dijo el Jano, el antiguo palacio de Vejecia.

Bien se da á conocer, le respondieron, en lo melancólico y desapacible.

¡Qué desterrada estará de aquí la risa!, dijo Andrenio.

Sí, que ha días andan reñidas y tanto, que ni se ven ni se hablan.

Pues de verdad que, si una vejez es triste, que es mal doblado.

No deben faltar la murmuración y la malicia, sus grandes camaradas.

Así es, que allí están y muy de asiento entre aquellos Matusalenes, sin faltarles jamás qué contar y qué morder, ya al sol, ya al fuego. Y es cosa donosa que, no acertando á pronunciar las palabras, clavan con ellas. Los callos se les han bajado de las lenguas á los pies.

Ostentábase lo que había quedado del derruído frontispicio muy autorizado y grave, con dos puertas antiguas, guardada de perros viejos, siempre gruñendo al humor de su dueño. Estaban ambas cercanamente distantes. En la una había un portero para no dejar entrar y en la otra para que entrasen.

En llegando cualquiera, le desarmaban, aunque fuese el mismo Cid. Y esto con tanto rigor, que al duque de Alba, el célebre, le trocaron la dura espada en una banda de seda. Á unos les hacían perder los aceros y á otros los estribos. Que los hubo de suplir tal vez con una banda de tafetán el César. Y al inventor de los mosquetes Antonio de Leiva, le obligaron á desmontar y meterse en una silla de manos, que solían llevar dos negros. Y él con gran cólera, en medio del calor de una batalla, gritaba:

Llevadme, diablos, á tal y tal parte; demonios, acabad de llevarme allá.