Estaban en aquel punto despojando á cierto general del bastón con que había hecho temblar el mundo, dándole en su lugar un báculo, que temblaba, con mucha repugnancia suya, porque decía que aún estaba de provecho.

Para sí, decían los soldados.

Al fin, le persuadieron con buenas palabras tratase de hacer buenas obras, no ya de matar, sino de prevenirse para morir.

Solos les dejaban los cetros y los cayados á los que llegaban con ellos, asegurando eran, cuanto más carcomidos, los más firmes puntales del bien común. Á los otros les iban repartiendo báculos, que ellos decían darles palos, y muchos se vieron llevarlos en el aire sin afirmarse ni tocar en tierra. Y discurrió un malicioso era por no hacer ruido ni llamar á la puerta de la otra vida.

Pero para que se vea cuán diferentes son los modos de concebir en el mundo y la variedad de caprichos, vieron no pocos que ellos mismos venían á dejarse cautivar de Vejecia, sin aguardar á que los trajesen sus achacosos ministros. Buscábanse ellos de buena gana la mala y pedían con instancia les diesen báculos; pero por ningún caso se les permitían. Menos los admitían dentro de la horrible posada, tan deseada dellos, cuan temida de los otros.

Admirados los circunstantes de tan recíproca impertinencia, les decían:

¿Qué pretendréis con eso?

Y ellos:

Dejadnos, que nosotros nos entendemos.

Y rogaban á los guardas les dejasen entrar, diciendo: