Porfiaba otro decrépito que él probaría con evidencia no ser viejo y decía:
Las pensiones del viejo son ver poco, andar menos, mandar nada; yo al contrario, veo más. Pues, si antes no veía sino una en cada cosa, ahora se me hacen dos: un hombre me parecen cuatro y un mosquito un elefante. Camino doblado, pues he de dar cien pasos para conseguir cualquier cosa; que antes con uno alcanzaba cuanto quería. Pues mando tres y cuatro veces la cosa y no se hace; que en otro tiempo, á la primera palabra me obedecían. Experimento dobladas fuerzas: que, si antes desmontaba de un caballo mi persona sola, agora me traigo la silla tras mí. Hágome más de sentir, arrastrando el mundo con los pies y haciendo ruido con la tos y con el báculo.
Todo eso tenéis más de viejo, le dijeron; pero sírvaos de consuelo.
Fuéronse ya acercando á la palaciega antigualla y descubrieron dos grandes letreros sobre ambas puertas. El de la primera decía:
Ésta es la puerta de los honores.
Y el de la segunda:
Ésta es la de los horrores.
Y de verdad lo mostraban, ésta en lo deslucido y aquélla en lo majestuoso. Examinaban los porteros con grande rigor á cuantos llegaban y, en topando alguno, que venía de los verdes prados de sus gustos, regoldando á obscenidades, al punto le encaminaban á la puerta de los horrores y le introducían en dolores, asegurando que la mocedad liviana entrega cansado el cuerpo á la vejez.
Entren los livianos, decían, por la puerta de la pesadumbre, que no de la gravedad.
Y ellos sin réplica obedecían. Que se tiene observado que todos estos livianos son gente de pocos hígados. Al contrario, á todos, cuantos hallaban venir de las sublimes asperezas de la virtud, del saber y del valor, les abrían de par en par las puertas de los favores. Que una misma vejez para unos es premio y para otros apremio; á unos autoriza, á otros atormenta. En reconociendo á Critilo los vigilantes porteros, le franquearon la entrada de las honras; mas á Andrenio le obligaron á entrar por la de las penas. Tropezó en el mismo umbral y gritáronle: