¡Guarda de caer! que aquí ú de comida ú de caída.

Iban caminando ambos por muy diferentes rumbos, pues, apenas entró Andrenio, cuando vió y oyó lo que él nunca quisiera, representaciones trágicas, visiones espantosas; pero entre todas, la mayor fué una furia ó una fiera, prototipo de monstruos, tan dentro de fantasmas, idea de trasgos y lo que es más que todo una vieja. Ocupaba una silla de costillas pálidas, un tiempo ya marfiles, embarazando un trono de ecúleos, potros y catastas, como presidenta de tormentos, donde todos los días son aciagos martes. Rodeábanla inumerables verdugos, enemigos declarados de la vida y muñidores de la muerte y ninguno desocupado; todos se empleaban en hacer confesar á los envejecidos delincuentes á cuestión de tormentos que eran vasallos de aquella tirana reina y, en declarándolo, les cargaban de villanos pechos, que les hacían toser y tragar saliva. Y aunque el paraje era tan molesto y las camas tan duras, emperezaban en ellas con mucha flema y aun flemas.

Tenían á uno entre sus garras, dándole muy malos ratos en el potro de sus pasadas mocedades y ya muy pesadas, cruel tortura de una prolongada muerte. Y él estaba siempre negativo, meneando á un lado y á otro la cabeza y diciendo á todo de no. Que es de viejos el negar, así como de niños el conceder. En la boca del viejo siempre hallaréis el no y en la del niño el sí.

Preguntábanle de dónde venía. Y él, dos veces sordo, porque lo afectaba y lo era, todo lo entendía al revés y respondía:

¿Que estoy muy viejo? Eso niego.

Y meneaba la cabeza. Daban otro apretón á los cordeles y volvíanle á preguntar:

¿Á dónde irá?

Y decía:

¿Que me muero? No hay tal.

Y sacudía ambas orejas. Á sus mismos hijos, si le interrogaban, respondía: