¿Que os entregue la hacienda? Aún es presto.

Y movía á toda prisa la cabeza:

Yo dejaré el mando con el mundo.

Defendíase otro, diciendo que él se sentía aún mozo, pues tenía estómago de francés, cabeza de español y pies de italiano. Trataron de convencerle de todo lo contrario con hartos testigos. Replicaba él no ser de vista y respondíanle:

Aquí, abuelo, los ausentes son los concluyentes: la vista que os falta, los dientes que se os cayeron, los cabellos que volaron, las fuerzas que descaecieron y el brío que se acabó.

Y dió Vejecia sentencia contra él, casi de muerte. Escusábase un podrido rancio, que no estaba en él la falta, sino en los otros, porque decía:

Señores, han dado ahora los hombres en hablar bajo, como á traición, que ni se oyen ni se dan á entender. En mi tiempo todos hablaban alto, porque decían verdad. Hasta los espejos se han falsificado, pues hacían antes unas caras frescas, alegres y coloradas, que era un contento el mirarse. Los usos se van de cada día empeorando, cálzase apretado y corto, vístese estrecho y tan justo, que no se puede valer un hombre. Las tierras se han deteriorado, que no dan los frutos tan sustanciales y sabrosos como solían ni las viandas tan gustosas. Hasta los climas se han mudado en peor, pues siendo este nuestro antes muy sano, de lindos aires, el cielo claro y despejado, ahora es todo lo contrario, enfermizo y tan achacoso, que no corren otro que catarros, romadizos, distinciones, mal de ojos, dolores de cabeza y otros cien ajes. Y lo que yo más siento es que el servicio está tan maleado, que no hacen cosa bien los criados malmandados, mentirosos, gastarrecados; las criadas perezosas, desaliñadas, bachilleras, que no hacen cosa á derechas, pues la olla desazonada, la cama dura y malpareja, la mesa malcompuesta, la casa malbarrida, todo sucio y todo mal. De modo, que ya un hombre oye mal, come peor, ni viste ni duerme ni puede vivir. Y si se queja, dicen que está viejo, lleno de manía y caduquez.

Causaba entre risa y lástima ver cuáles llegaban á este pasaje los que ya se preciaron de galanes y pulidos, los Narcisos y los Adonis, que no se podían mirar sin grande horror. Las que ya fueron Floras y aun Elenas y la misma Venus, verlas ahora descabelladas y sin dientes. Que, cual suele rústica, grosera mano esgrimir el villano acero contra el más copado y frondoso árbol, pompa vistosa de la campaña, alegría del año, bizarro aliño de la primavera, cortándole sus más lozanas ramas, tronchándole sus verdes pimpollos, malográndole sus frescos renuevos, dando con todo en tierra, hasta dejarle tronco inútil, fantasma de las flores y esqueleto del prado: tal es el tiempo, con propriedad tirano, pues que de todo tira, aja y deshoja la mayor belleza, marchita el rosicler de las mejillas, los claveles de los labios, los jazmines de la frente, sacude el menudo aljófar de los dientes, que lloró risueña aurora de la mocedad, vuela la frondosa hojarasca del cabello, corta el brío, troncha el garbo, descompone la bizarría, derriba la gentileza, da con todo en tierra. De un cierto personaje se dudaba si realmente era anciano. Porque le sobraba tiempo y le faltaba seso. Y todos convinieron en que estaba muy verde. Mas Vejecia:

Éstos, dijo, son de casta de higueras locas, que nunca llega á madurar el fruto: hacen higa á la prudencia.

Apelábase un calvo y otro cano á sus pocos años.