Salían al mismo punto seis varones de canas, que, cuanto más alto un monte, más se cubre de nieve, y le dijo iban despachados de Vejecia el Areópago real y otros cuatro más, á ladear á un gran príncipe, que entraba mozo á reinar y viéndole sin barbas le rodeaban de canas. Allí toparon y conocieron los clarísimos de noche y escurísimos de secreto, gran profundidad con tanta claridad.

Repara, dijo el Jano, en aquel semiciego. Pues más descubre él en una ojeada que echa, que muchos garzones que se precian de tener buena vista. Que al paso que van perdiendo éstos los sentidos, van ganando el entendimiento, tienen el corazón sin pasiones y la cabeza sin ignorancias. Aquél, que está sentado, porque no puede estar de otro modo, camina medio mundo en un instante. Y aún dicen que le trae en pie y con aquel báculo le lleva al retortero: que se hacen mucho de sentir en él, cuando los viejos le mandan. Aquel otro asmático y balbuciente dice más en una palabra, que otros con ciento. No pases por alto aquel lleno de achaques, que no se le ve parte sana en todo su cuerpo: pues de verdad que tiene el seso muy entero y el juicio muy sano. Aquellos de los malos pies pisan muy firme y, cojeando ellos, hacen asentar el pie á muchos. No son flemas las que arrancan aquellos senadores de sus cerrados pechos; no son sino secretos podridos, de callados.

Una cosa admiro yo mucho, dijo Critilo: que no se oye aquí vulgo ni se parece.

¡Oh! ¿no ves tú, le dijo el Jano, que entre viejos no le hay, porque entre ellos no reina la ignorancia? Saben mucho, porque han visto y leído mucho.

¡Qué pausado se mueve aquél!

¡Pero qué apriesa va restaurando viejo lo que desperdició mozo!

¡Qué magistral conversación la de aquellos rancios, que ocupan el banco del Cid! Cada uno parece un oráculo.

Es un gran rato el escucharlos, de gran gusto y enseñanza para la juventud.

¡Qué quietud tan feliz!, ponderaba Critilo.

Es que asisten aquí, decía el Jano, el reposo, el asiento, la madurez, con la prudencia, con la gravedad y la entereza. No se oyen aquí jamás desatenciones, mucho menos arrojos ni empeños; no resuena instrumento músico ni bélico, que están prohibidos por la cordura y el sosiego.