Primeramente, que no sólo puedan, sino que deban decir las verdades, sin escrúpulo de necedades. Que, si la verdad tiene muchos enemigos, también ellos muchos años y poca vida que perder. Al contrario se les prohiben severamente las lisonjas activas y positivas, esto es que ni las digan ni las escuchen: porque desdice mucho de su entereza un tan civil artificio de engañar y una tan vulgar simplicidad de ser engañados.

Item, que den consejos por oficio, como maestros de prudencia y catedráticos de experiencia. Y esto sin aguardar á que se les pidan: que ya no lo platica la necia presunción. Pero, atento á que suelen ser estériles las palabras sin las obras, se les amonesta que procedan de modo, que siempre precedan los ejemplos á los consejos.

Darán su voto en todo, aunque no les sea demandado: que monta más el de un solo viejo chapado, que los de cien mozos caprichosos.

Dirán mal de lo que parece mal, mucho más de lo que es malo: que esto no es murmurar, sino hacer justicia. Y lo que en ellos sería recatado silencio, entre la gente moza pasaría por declarada aprobación.

Alabarán siempre lo pasado, que de verdad lo bueno fué y lo malo es, el bien se acaba y el mal dura.

Podrán ser malcontentadizos, por cuanto conocen lo bueno y se les debe lo mejor.

Permíteseles el dormirse en medio de la conversación y aun roncar, cuando no les contentare, que será las más veces.

Corregirán á los mozos de continuo, no por condición, sino por obligación, teniéndoles siempre tirante la brida, ya para que no se despeñen en el vicio, ya para que no atollen en la ignorancia.

Dáseles licencia para gritar y reñir: porque se ha advertido que luego anda perdida una casa, donde no hay un viejo que riña y una suegra que gruña.

Item más, se les permite el olvidarse de las cosas: que las más del mundo son para olvidadas.