Que no quieran ser agora enfadosos los que algún tiempo muy desenfadados ni, como el lobo, prediquen ayuno después de hartos.
Sobre todo, no sean avaros y miserables, viviendo pobres para morir ricos, y se persuadan que es una necia crueldad contra sí mismos tratarse ellos mal, para que se regalen después sus ingratos herederos; vestirse de ropas viejas, para guardarles á ellos las nuevas en las arcas.
Mas: los condenamos cada día á nuevos achaques con retención de los que ya tenían. Que sean sus ayes ecos de sus pasados gustos. Que, si aquéllos dieron al quitar, éstos al durar. Y así como los placeres fueron bienes muebles, los pesares serán males fijos.
Que vayan de continuo cabeceando, no tanto para negar los años, cuanto para ceñar á la muerte, temblando siempre, ya de su horrible catadura, ya pagando censo de asquerosidades á sus pasadas liviandades. Y adviertan que viven afianzados, no para gozar del mundo, sino para poblar las sepulturas.
Que anden llorando por fuerza los que vivieron muy de grado y sean Heráclitos en la vejez los que Demócritos en la mocedad.
Item, que hayan de llevar en paciencia el burlarse de ellos y de sus cosas los jóvenes, llamándolas caduqueces, manías y vejeces, por cuanto dellos mismos lo aprendieron y desquitan á los pasados.
No se espanten de ser tratados como niños los que jamás acabaron de ser hombres ni se quejen de que no hagan caso sus propios hijos de los que no supieron hacer casa.
Que los que tienen ya el un pie en la sepultura no tengan el otro en los verdes prados de sus gustos ni sean verdes en la condición los que tan secos de complisión y en todo caso eviten de parecer pisaverdes los amarillos y pisasecos.
Finalmente, que procedan, como parecen, agobiados, inclinándose á la tierra, como á su paradero, cargados de espaldas, mas no de cabeza, pagando pecho en toser á su envejecer.
Impónenseles todas estas obligaciones y otras muchas más, acompañadas de maldiciones de sus familiares y dobladas de sus nueras.