Acabado un tan solemne auto, mandó la arrugada reina se fuesen acercando á su caduco trono Critilo y Andrenio, cada cual por su puesto, bien opuesto. Y así á Critilo le dió la mano; mas á Andrenio se la asentó. Entregó un báculo á Critilo, que pareció cetro, y á Andrenio otro, que fué palo. Á aquél le coronó de canas y á éste le amortajó en ellas. Dióle á aquél el renombre de senior y á éste de viejo y más adelante de decrépito. Con esto los despachó para pasar á la última jornada de la tragicomedia de su vida. Critilo guiando y Andrenio siguiendo, volvióse Vejecia hacia el Tiempo, su más confidente ministro, haciéndole señas de despejar, que con ser intolerables sus calabozos, los tuvieran muchos por paraísos, á trueque de no pasar adelante y llegar al matadero.
Á pocos pasos bien pausados tropezaron con un sabandijón de los de á cada esquina, en el vulgo, ó á un personaje del enfado, que, bien atendido de Andrenio y mejor entendido de Critilo, hallaron ser de aquéllos, que tienen la lengua agujerada con flujo de palabras y estitiquez de razones. Que hay sujetos peores de aquéllos, que lo que por una oreja les entra, por otra les sale. Pues á éstos, lo que por ambas orejas les entra, por la lengua al mismo punto se les va, con tal facilidad de boca, que no les para cosa en el buche, por importante que sea, ni el secreto más recomendado ni la interioridad más reservada, no sabiendo callar ni su mal ni el ajeno. Singularmente, cuando llega á calentárseles la boca con alguna pasión de cólera ó alegría, sin ser necesario darles el remitivo político de la afectada ignorancia ni el único torcedor de la mañosa contradición. Porque éste no tenía retentivo en cosa, confesando él mismo que no podía más con su estómago ni recabarlo con su lengua. Jamás pudo llegar á retener un secreto medio día y por esto era llamado comúnmente don Fulano el de la lengua horadada. Todos, cuantos querían se supiese algo y que se fuese estendiendo á toda prisa, acudían á él como á trompeta sin juicio. ¿Pues qué, si le encomendaban el secreto? Reventaba por irlo al punto á hacer público. Desgraciado del que ó por desatención ó por inadvertencia se le confiaba, que luego le topaba en medio de las plazas á la vergüenza y aun hecho cuartos. Al contrario, los que ya le conocían, se valían dél para hacerle autor de lo que á ellos no les estaba bien serlo y en una palabra él era faraute universal, lengua de ferro, si no testa, no el bello dezitore, sino el feo palabrista.
Éste, pues, ó andaluz por lo locuaz ó valenciano por lo fácil ó chichiliani por lo chacharroni, los comenzó á conducir, sin pararle un punto la tarabilla de necedades. ¿Quién podrá contar las que ensartó por todo el discurso de su vida? Nunca escupía, porque no le tomasen la vez, ni preguntaba por no dar lugar á que otro le respondiese; sí bien, á los tales se cree que se les convierte toda la saliva en palabras, porque todo cuanto hablan es broma.
Seguidme, les decía: que hoy os he de introducir en el palacio mayor del mundo, de muchos oído, de venturosos visto, de todos deseado y de raros hallado.
¿Qué palacio será éste?, le preguntaba él mismo.
Y después de muchos misterios, ponderaciones y hazañerías, les dijo muy en secreto:
Éste es el de la alegría.
Hízoles notable armonía y dijeron:
¿No sea el de la risa? ¿Quién jamás vió tal cosa ni tal casa de la alegría? Hasta hoy no hemos topado quien nos diese noticia de semejante palacio; aunque de otros, encantados los más y llenos de soñados tesoros.
No os espantéis dello, les dijo: porque el que una vez entra allá por maravilla sale. Bobo sería en dejar el contento y volver á los pesares de por acá.