¿Y tú?, le replicaron.
Yo soy excepción: salgo por no reventar á parlarlo y á conducir allá los venturosos pasajeros. Vamos, vamos, que allí habéis de ver la misma alegría en persona, que lo es mucho, con su cara redonda á lo de sol, que aseguran durarles á las carirredondas diez años más la hermosura, que á las aguileñas y carílargas. De allí amanece la Aurora, cuando más arrebolada y risueña. Todos cuantos moran en aquel serrallo, que allí se vive porque se bebe, andan colorados, lucidos y risueños. Gente de indo humor y de buen gusto, gentilhombres de la boca.
Y aun gentiles, añadía Critilo. Pero dínos, ¿para cada día hay su placer y buenas nuevas?
¡Oh, sí!: porque no se cuidan de las malas ni las oyen ni las escuchan; está vedado el darlas. Desdichado del paje, que en esto se descuida, que al mismo punto se despiden. Todos son buenos ratos, comedias nuevas. Para cada día hay su placer y aun dos y todo al cabo viene á parar en placheri y placheri y más placheri.
¿Pues no hace de las suyas la fortuna y de sus mudanzas el tiempo? ¿Siempre está en él llena la luna? ¿No se barajan los contentos con las penas, las copas con los bastos, los oros con las espadas, como por acá?
De ningún modo, porque allí no hay podridos ni porfiados ni temáticos, desabridos, desazonados, malcontentos, desesperados, maliciosos, punchoneros, celosos, impertinentes, y lo que es más que todo eso, vecinos. No hay espíritus de tristeza ni de contradición ni atribulados ni fatiguillas ni agonizados. Nunca veréis malas comidas por ningún caso, aunque se hunda el mundo, ni peores cenas. Nunca ha de faltar el capón, el perdigón, que están muy validos. No se conocen sinsabores ni quemazones. Y en una palabra, todos allí son buenos tragos. Que de verdad no hay otra Jauja ni más cierta cucaña en el mundo, que no pillar fastidio de niente.
Mucho es eso, ponderaba Critilo, que tenga raíces el placer y amarras el contento.
Dígoos que sí, porque es manantial el gusto. Ni se marchita el gozo, que nace en tierra de regadío. Y habéis de saber, como lo veréis y aun lo probaréis, que en medio de aquel gran patio de su placentero alcázar brota una tan dulce, cuan perene fuente, brindándose á todos sin distinción en bellísimos tazones, unos de oro los más altos, otros de plata los del medio y los más bajos, aunque no los menos gustosos, de cristales transparentes, con donosa figurería, por ellos baja despeñándose con agradable ruido (malos años para la mejor música, aunque sean las melodías de Florián) un tan sabroso licor y tan regalado, que aseguran unos viene por secretos condutos de allá de los mismos campos Elisios; otros dicen se distila de aquel divino néctar. Y lo creo, porque á cuantos le beben, los vuelve luego unos bienaventurados á lo humano. Aunque no falta quien diga ser vena de Elicona y con harto fundamento, pues Horacio, Marcial, Ariosto y Quevedo, en bebiéndole, hacían versos superiores. Mas porque todo se diga y no me quede con escrúpulos de estómago, no pocos se persuaden y lo andan mascando entre dientes, que son verídicos y un alegre, eficaz veneno. Sea lo que fuere, lo que yo sé es que causa prodigiosos efectos y todos de consuelo. Porque yo ví un día traer no menos que una gran princesa, si dijera Lansgravia ó Palatina, perdida de melancolía, sin saber ella misma de qué ni por qué, que á no ser eso, no fuera necia. Habíanle aplicado dos mil remedios, como son galas, regalos, saraos, paseos y comedias, hasta llegar á los más eficaces, cuales son fuentes de oro potable, digo de doblones, tabaquillos de joyas, cestillos de perlas. Y ella siempre triste ¡qué necia! enfadada de todo y enfadando á todos, que ni vivía ni dejaba vivir, de modo, que llegó rematada de impertinente. Pues os aseguro que luego que bebió del eficacísimo néctar, depuesta la ceremoniosa autoridad regia, se puso á bailar, á reir y cantar, diciendo que se iba hacia las alturas.
Reniego, dije yo, de todos sus sitiales y doseles y aténgome á un valiente cangilón. Y eso es nada: que yo le ví al más severo Catón, al español más tétrico, dar carcajadas en bebiéndole, que por eso le llamaron los italianos allegracore.
Encontraban muchos peregrinos con sus esclavinas de cuero, que todos se encaminaban allá. Los más eran del tercio viejo, que como el paraje era áspero y seco y ellos venían fatigados y sedientos, encarrilaban en ristra y muertos de sed venían como vivos.