Éste es, decía su farsante guión, el Jordán de los viejos, aquí se remozan y se alegran, refrescan la sangre y cobran los perdidos colores.
Mas ya á los ecos de una gran bulla placentera, licenciaron la vista y descubrieron una casa, no sublime, pero bien empinada, propia estación del gusto y palacio del placer, coronado, en vez de jazmines y laureles, de pámpanos frondosos y todas sus paredes felpadas de yedras. Que, aunque suelen decir que echan á perder las casas donde se arriman, yo digo que hace harto más daño una cepa, pues de todo punto las arruina.
Mirad, les decía, qué alegre vista de colgaduras naturales. ¿Qué tienen que ver con ellas las más ricas y bordadas del célebre duque de Medina de las Torres, las más finas tapicerías de Flandes, aunque sean dibujos del Rubens? Creedme que todo lo artificial es sombra con lo natural y no más de un remedo.
¡Deliciosa amenidad por cierto, decía Andrenio! Ya no me pesa de haber venido. Y díme, ¿siempre dura? ¿nunca se marchita?
Dígoos que es perpetua, porque jamás le falta el riego. Bien puede secarse Chipre y ahorcarse los Pensiles, con que falta aquí su Babilonia.
Íbanse acercando á la gran puerta, siempre de par en par, así como la casa de bote en bote, y notaron que, así como á la del furor suelen estar encadenados tigres, á la del valor leones, á la del saber águilas, á la de la prudencia elefantes, en ésta asistían lobos soñolientos y tahonas entretenidas. Resonaban muchos juglares y todos hacían buen son: debían de ser forasteros. Bullían Ninfas nada adamadas; pero muy coloradas y fresconas á la flamenca. Blandían vistosos cristales en sus malseguras manos, llenas del generoso néctar, brindando á porfía á todo sediento pasajero, por estar esta casa de recreación en medio del pasaje de la vida. Llegaban ellos muy secos, cuando más ahogados de reumas, apurados de la sed, á apurar los cangilones, que ellos les bailaban delante. Bebían sin tasa, como gente sin cuenta. Y era bien de reir cómo fundaban crédito en hacer la razón, cuando más la deshacían. Y si alguno más templado se detenía, comenzaban á hacerle cocos, bautizando su atención por melindre y figurería, haciéndole muchos brindis con su templanza el licor brillante, que de verdad les saltaba á los ojos. Provocábanlos, diciendo:
Ea, que en vuestra edad no la hay, la sequedad de la complexión os escusa. Ésta es la leche de los viejos.
Y mentían, que no era sino el veneno.
Vaya otra vez, que el licor es apetecible, pues ningún sainete le falta. Él tiene buen color para la hermosura, mejor sabor para el gusto y estremado olor para la fragrancia, lisonjeando todos los sentidos. Arrojad el agua, tan necia como desabrida, muy preciada de no tener nada de gusto, ni color ni olor ni sabor. Éste sí que se precia de todo lo contrario. Y lo que más es, que ayuda á la salud y aun es su único remedio, pues aseguraba Mesue no haber hallado confección más eficaz y que más presto acudiese á remediar el corazón ni las bebidas de jacintos y de perlas.
Picábanle el gusto, cambiando licores y colores, ya el rojo encendido, combinándose con la sangre, ya dorado, pasando plaza de oro potable, ya de color del sol, hijo ardiente de sus rayos, ya de finos granates y aun de preciosos rubís, en fe de su preciosa simpatía. Contentábanse los cuerdos con una taza sola, para satisfacer á la necesidad; que lo demás decían ser una gran necedad. Con eso refrescaban la sangre, confortaban el corazón y se alentaban para poder proseguir su camino á las derechas.