Otro tal respondió:

Lo que hay que ver ya lo tengo visto, lo que he de beber no está bebido: pues bebamos, aunque nunca veamos.

Y catad la diferencia de los licores: éstos, que están tristes y tan adormecidos, cargaron del tinto; estos otros, tan alegres y risueños, del blanco.

Mas ya en esto habían llegado, no al más reservado retrete, que aquí no se conocen interioridades; sino á la estancia mayor de la risa, á la cueva del placer, donde hallaron que presidía sobre un eminente trono de cercillos, una amplísima reina sin género de autoridad, muy grave. Y con estar muy gruesa, decía no tener más que los pellejos, tan pobre y desamparada, cuan en cueros. Parecíase una cuba sobre otra, de fresco y alegre rostro; aunque tenía más de viña, que de jardín. Vestía de otoño, en vez de primavera, coronada de rubíes arracimados. Chispeábanla los ojos vertiendo centellas líquidas, hidrópicos los labios del suavísimo néctar. Blandía, en vez de palma, en la una mano, un verde y frondoso tirso, y brindaba con la otra un bernegal de buen tamaño á todos cuantos llegaban, observando con inviolable puntualidad la alternativa en los brindis. Notaron que mudaba semblantes á cada trago, ya festivo, ya lascivo y ya furioso, verificando el común sentir, que la primera vez es necesidad, la segunda deleite, la tercera vicio y de ahí adelante brutalidad. En viendo á Critilo, licenció la risa en carcajadas y comenzó á propinarse con instancia el enojoso licor. Rehusaba Critilo el empeño.

He, que no se puede pasar por otro, le decía, sí, su farsante camarada, en ley de cortesano.

Vióse obligado á probarlo y, en gustándole, exclamó:

Éste es el veneno de la razón, éste el tóxico del juicio, éste es el vino ¡oh, tiempos! ¡oh, costumbres! El vino antes en aquel siglo de oro, pues de la verdad y aun de perlas, pues de las virtudes, cuentan que se vendía en las boticas, como medicina, á par de las drogas del Oriente, recetábanle los médicos entre los cordiales.

Récipe, decían, una onza de vino y mézclese con una libra de agua.

Y así se hacían maravillosos efectos. Otros refieren que no se permitía vender, sino en los más ocultos rincones de las ciudades, allá lejos en los arrabales, porque no inficionase las gentes. Y se tenía por infamia ver entrar un hombre allá. Mas ya se profanó este buen uso, ya se vende en las muy públicas esquinas y están llenas las ciudades de tabernas. Ya no se pide licencia al médico para beberle, habiéndose convertido en tóxico el que fué singular remedio.

Antes hoy, le replicó un aprisionado, es medicina universal: díganlo tantos aforismos, como corren en su favor.