Que un recuero, atento á su ganancia, cargó de la nueva mercadería y dió con ella en Alemania. Y como fuese el precioso licor en toda su generosidad, gustaron mucho dél los tudescos. Hízoles valiente impresión, rindiéndolos de todo punto. Pasó adelante á la Francia; mas, porque no fuesen comenzados los cueros, acabólos de llenar en la Esquelda, con que no iba ya el vino tan fuerte y así no hizo mas que alegrar los franceses, haciéndoles bailar, silbar y dar algunas cabriolas y rascarse atrás en un corrillo de mesurados españoles, como se vió ya en Barcelona. Quedábale ya muy poco, cuando pasó á España, y llenóle de agua de tal suerte, que no era ya vino, sino enjaguaduras de bota. Con esto no les hizo efecto á los españoles; antes los dejó muy en sí y tan graves como siempre, con que ellos á todos los demás llaman borrachos. Deste modo han proseguido todas estas naciones en beberle: los tudescos puro, imitándoles los suecos y los ingleses; los franceses ya enjuagan la taza; mas los españoles, aguachirle, aunque los demás lo atribuyen á malicia y que lo hacen por no descubrir con la fuerza del vino lo secreto de su corazón.
Ésa ha sido sin duda la causa, ponderaba Critilo, de no haber hecho pie la herejía en España, como en otras provincias, por no haber entrado en ella la borrachera, que son camaradas inseparables: nunca veréis la una sin la otra.
Pero ¡qué cosa, aunque no rara, sí espantosa! Aquella embriagada reina, anegada en abismos de horrores, comenzó á arrojar de aquella ferviente cuba de su vientre tal tempestad de regüeldos, que inundó toda la bacanal estancia de monstruosidades. Porque, bien notado, no eran otros sus bostezos, que reclamos de otros tantos monstruos de abominables vicios. Volvía el feroz aspecto á una y otra parte y, en arrojando un regüeldo, saltaba al punto de aquel turbulento estanque del vino una horrible fiera, un infame acroceraunio, que aterraba á todo varón cuerdo.
Salió de los primeros la Herejía, monstruo primogénito de la Borrachera, confundiendo los reinos y las ciudades, repúblicas y monarquías, causando desobediencias á sus verdaderos señores. ¿Pero, qué mucho, si primero negaron la fe debida á su Dios y Señor, mezclando lo sagrado con lo profano y trastornando de alto á bajo cuanto hay?
Sacaron luego las cabezas á otro regüeldo las Harpías, digo la Murmuración, manchando con su nefando aliento las honras y las famas; la desapiadada Avaricia, chupándoles la sangre á los pobres, desollando los súbditos; la Joel Envidia, vomitando venenos, inficionando las ajenas prendas y disminuyendo las heroicas hazañas.
Allí apareció, llamado de un gran bostezo, el Minotauro embustero, la bachillera Esfinge, presumiendo de entendida y ignorando de necia. No faltaron las tres infernales Furias, convocadas de otro valiente regüeldo, que metió en los infiernos mismos la guerra, la discordia y la crueldad, que bastan á hacer infierno del mismo paraíso. Las engañosas Sirenas, brindando vidas y ejecutando muertes. La Escila y la Caribdis aquellos dos viciosos extremos, donde chocaron los necios, dando en el uno por huir del otro. Allí se vieron los Sátiros y los Faunos, con apariencias de hombres y realidades de bestias.
Así, que en poco rato hizo estanco de vicios de un estanque de monstruos, hijos todos de la violenta vinolencia. Y lo que más es de reparar y aun de sentir, que con ser éstas otras tantas fieras y harto feas, á sus beodos amadores les parecieron otras tantas beldades, llamando á las Sirenas lascivas, unos ángeles; al furioso y ciego de cólera, Cíclope valiente; á las Harpías, discretas; á las Furias, gallardas; al Minotauro, ingenioso; á la Esfinge, entendida; á los Faunos, galanes; á los Sátiros, cortesanos; y á todo monstruo, un prodigio.
Veníasele acercando á Critilo uno de los más perniciosos; pero él, al mismo punto, despavorido, intentó la fuga. Quísole detener el farsante, diciéndole:
Aguarda, no temas, que no te hará mal, sino mucho bien.
¿Quién es éste?, le preguntó.