Y él:
Ésta es aquella tan celebrada, cuán conocida en todo el mundo y más en las cortes, sin quien ya no se puede vivir, por lo menos sin su poquito de ella, por cuanto es empleo de los desocupados y ocupación de los entendidos, aquella gran cortesana.
¿Y cómo la nombran?
Lo que le respondió y qué monstruo fuese éste nos lo dirá la otra Crisi.
CRISI III
La Verdad de parto.
Enfermó el hombre de achaque de sí mismo. Despertósele una fiebre maligna de concupiscencias, adelantándosele cada día los crecimientos de sus desordenadas pasiones. Sobrevínole un agudo dolor de agravios y sentimientos. Tenía postrado el apetito para todo lo bueno y el pulso con intercadencias en la virtud. Abrasábase en lo interior de malos afectos y tenía los estremos fríos para toda obra buena. Rabiaba de sed de sus desreglados apetitos, con grande amargura de murmuración. Secábasele la lengua para la verdad, síntomas todos mortales.
Viéndole en tanto aprieto, dicen que le envió sus médicos el cielo y también el mundo los suyos, á competencia, y así muy diferentes los unos de los otros y muy encontrados en la curación. Porque los del cielo en nada condecendían con el gusto del enfermo y los mundanos en todo le complacían. Con lo cual éstos se hicieron tan plausibles, cuan aborrecibles aquéllos. Ordenábanle los de arriba muchos y muy buenos remedios y los de abajo ninguno, diciendo:
He, que tanto es menester haber estudiado para no recetar, como para recetar.